Caricia Villarreal no creía en las coincidencias. Creía en jerarquías, en sangre, en derecho. Y durante años, había vivido con la certeza absoluta de que todo lo que pertenecía al apellido Villarreal terminaría, tarde o temprano, en sus manos. No por ambición desmedida —eso era lo que ella decía—, sino por preparación. Había sido educada para eso. Entrenada. Moldeada.
Por eso, cuando Esmeralda apareció como una sombra arrancada del pasado, todo en su mundo dejó de tener orden.
La observó en sil