La gala no era un evento. Era una coreografía perfectamente diseñada donde cada movimiento tenía un propósito y cada sonrisa escondía una intención. Esmeralda lo entendió desde el instante en que cruzó las puertas del salón. No era un lugar para improvisar, sino para medir. Para observar. Para calcular.
Las luces cálidas caían sobre el mármol pulido, reflejando siluetas elegantes que se desplazaban con una naturalidad ensayada. Copas de cristal, murmullos discretos, risas que no terminaban de s