La habitación estaba en silencio. Alonso cerró la puerta con llave desde dentro; el chirrido del metal indicaba que esta no era una sesión que pudiera ser interrumpida por susurros o mensajeros. Esmeralda permaneció inmóvil. Era muy consciente: su lucha había fracasado. Había convertido al Lobo en un enemigo mucho más peligroso.
Se acercó, la mirada de furia sin desaparecer. Agarró el colgante una vez más.
"¿Por qué estás tan tranquila, Esmeralda?", exigió Alonso, su vo