Doña Carmen irrumpió en la serena habitación de Esmeralda presa del pánico, sus ojos estaban desorbitados y su lápiz labial rojo, desordenado, emulando la sombra de la tormenta que los invitados habían traído a El Jardín.
“¡Estás lista ahora! ¡Arriba, arriba!”, siseó Carmen, su tono ya no era el de una mánager personal sumisa, sino el de una madre que ha encontrado una trampa justo en su nido.
Esmeralda levantó su cuerpo rígido. Había pasado esos dos días curando las cicatrices de Lobo, planean