Los papeles llegaron un martes a las nueve de la mañana.
No por correo, no por mensajero, no por ninguno de los métodos impersonales que Richard habría podido usar para mantener la distancia. Los trajo él mismo, en persona, con un traje gris que Camila le conocía de los juicios importantes y una carpeta de cuero negro que ella reconoció como la de su firma.
Camila le abrió la puerta en bata. No se había duchado, no se había peinado, no se había maquillado. Llevaba cuatro días sin hacer ninguna