Camilo alquiló una cabaña a las afueras de Stowe el mismo día que salió de la trastienda de la librería.
No un hotel, porque Valentina le había dicho «no te quedes en un hotel como un perro abandonado» y él iba a hacerle caso en todo, al pie de la letra, con la obediencia desesperada de un hombre que sabe que le queda una oportunidad y que si la caga esta vez no va a haber otra.
La cabaña era pequeña, de madera, con una habitación, una cocina que parecía de juguete y una estufa de leña que Cami