La llamada llegó a las tres de la tarde de un viernes.
Margaret. Dos palabras.
---Tu padre.
Camilo colgó, agarró a Valentina de la mano y salieron del penthouse sin abrigos, sin llaves, sin nada que no fuera la urgencia de llegar al Massachusetts General antes de que la palabra «infarto» se convirtiera en otra palabra peor.
Cuando llegaron a urgencias, Margaret ya estaba ahí. Sentada en una silla de plástico de la sala de espera con la espalda recta, las perlas puestas y la cara de una mujer qu