Ruben y Aisel entraron a la casa en completo silencio. El ambiente era denso, cargado con la electricidad de lo no dicho. Aisel, con el ceño fruncido y los labios apretados, apenas miró a su padre antes de subir las escaleras rumbo a su habitación. El sonido de sus pasos resonó por el pasillo, cada uno más presuroso que el anterior, hasta que la puerta al final del pasillo se cerró con un golpe sordo.
Ruben se quedó parado en el recibidor, con el abrigo aún colgando de su brazo y el corazón pal