El reloj marcaba las once de la mañana y el despacho de Rubén Colmenares estaba en completo silencio. Solo se escuchaba el suave zumbido del aire acondicionado y el golpeteo rítmico de sus dedos sobre el escritorio. Su mirada estaba perdida en el horizonte, fija en la ventana que mostraba una vista panorámica de la ciudad.
Tenía la otra mano apoyada en su barbilla, como si buscara respuestas en el vacío. Pensaba en ella… en Cristina. Desde aquel encuentro en la cafetería, su mente no había teni