De pronto, un auto negro se detuvo bruscamente frente a la entrada del colegio, haciendo que varios padres y niños voltearan a mirar. Las llantas chirriaron contra el pavimento y el ruido captó la atención de todos.
La puerta se abrió con firmeza, y de ella bajó Laura, vestida con un conjunto impecable, elegante, pero su rostro traía algo más fuerte que cualquier accesorio: rabia contenida.
A su lado, un niño de unos cinco años, con la misma mirada oscura de Elio, la acompañaba de la mano.
Su a