—¿Y lo creíste? —preguntó con amargura—. ¿Tan poco valía tu amor por mí? ¿Ni siquiera dudaste de ella? ¿Ni siquiera me buscaste antes de juzgarme?
Todo el tiempo había cargado con el resentimiento equivocado, con la versión manipulada de una madre que solo pensaba en su apellido y en los intereses de la familia Carruso.
El silencio que se instaló entre ellos era denso, insoportable. Solo se escuchaba la respiración entrecortada de ambos y, a lo lejos, el eco de la risa de Isaac jugando en el ba