Por unos segundos, ninguno habló. Solo el sonido del viento entrando por el balcón llenaba el silencio.
Cristina se levantó, caminó despacio hacia el ventanal y se apoyó en la baranda. No quiso mirarlo.
Elio dio unos pasos detrás de ella, sin atreverse a tocarla.
—¿Cómo te sientes, Cristina? —preguntó con voz baja.
Ella tardó en responder.
—¿Cómo crees que me siento, Elio? —dijo finalmente, sin girarse—. Me siento atrapada, confundida. Siento que me estás obligando a algo que no quiero.
Elio se