La tarde caía lentamente en la casa de Ángela. El reloj de la sala marcaba las cinco, y el silencio solo era interrumpido por el leve tic-tac y el murmullo lejano de la televisión apagada hacía rato. Rubén estaba sentado en el sofá, conversando con su madre, cuando la voz cristalina de su hija lo sacó de sus pensamientos.
—Papá… —dijo Aisel, acercándose con pasos firmes—. ¿Es cierto que te vas otra vez?
Rubén la miró sorprendido. La niña lo observaba con ojos ansiosos, esperando una respuesta q