El despertar de la amante
El silencio en el apartamento de Laura era denso, interrumpido solo por el sonido rítmico de la ropa siendo arrojada con desesperación dentro de unas maletas abiertas sobre la cama. Laura, con el rostro surcado por lágrimas que no lograba contener, se movía mecánicamente. Cada prenda que doblaba —o más bien, que estrujaba— parecía llevar consigo un recuerdo de seis años de humillaciones silenciosas.
—Eres una estúpida, Laura... una completa estúpida —se recriminaba a