– La confesión del heredero de Nada
El club privado "La Logia" era un santuario de maderas nobles, cuero envejecido y luces tan tenues que las sombras parecían cobrar vida propia en las esquinas. Rubén cruzó el salón principal con paso firme, ignorando los saludos de algunos conocidos. Sus ojos buscaban una sola figura, y la encontró al fondo, en el rincón más oscuro, donde Elio Caruso reinaba sobre una mesa solitaria.
Elio estaba sentado con la espalda recta, pero sus hombros cargaban un peso