Toc, toc, toc.
—¿Mamá? ¿Estás allí? —La voz de Isaac, suave y cargada de esa inocencia infantil que Elio parecía haber olvidado, se filtró por las rendijas.
El tiempo se detuvo. Elio se congeló, su cuerpo tenso como una cuerda de violín a punto de romperse. Cristina sintió una oleada de alivio mezclada con un terror punzante: no quería que su hijo presenciara la ruina en la que se había convertido su matrimonio.
Elio se incorporó lentamente, sentándose en el borde de la cama, pero sus ojos perm