El despacho de Elio estaba en completo silencio, apenas roto por el rasgar de su pluma firmando un montón de documentos que cubrían su escritorio. Sus ojos estaban cansados, pero su expresión seguía siendo firme, calculadora… hasta que el timbre de su teléfono lo sacó de su concentración.
Frunció el ceño, sacó el aparato de su saco y miró la pantalla: era su asistente personal, el mismo al que le había confiado en secreto una tarea que llevaba años sin dar frutos.
Con un leve suspiro, respondió