– La sangre no miente
La biblioteca de la mansión Caruso siempre había sido un santuario de silencio y poder. Con sus estanterías de caoba que llegaban hasta el techo, repletas de volúmenes antiguos y encuadernados en cuero, y el pesado escritorio de roble que había pertenecido a tres generaciones, el despacho de don José emanaba una autoridad incuestionable.
Aquella mañana, sin embargo, el aire en la habitación no olía a cera de abejas ni a tabaco de pipa, sino a una verdad podrida que llevab