La casa de los Colmenarez estaba envuelta en un silencio profundo, apenas interrumpido por el tic-tac pausado del viejo reloj de pared y el murmullo del viento colándose por las ventanas. En la habitación principal, Enzo descansaba sobre la cama, respirando con dificultad. Su semblante, aunque sereno, reflejaba el desgaste de los últimos días. A su lado, Ángela lo observaba en silencio, acariciando su mano con ternura.
Rubén, sentado junto a la cabecera, lo miraba con el corazón encogido.
—Pare