Aquella noche, después de la última canción, Roxana se sentó en un sofá elegante, rodeada de otras chicas del club. Allí Roxana sonreía con sus amigas del club.
Óscar, impulsado por un deseo que no sabía nombrar, se acercó. Su corazón latía con fuerza, pero su porte era firme y seguro.
—Buenas noches —saludó, mirando directamente a la bailarina.
Roxana alzó la vista, lo observó con detenimiento y luego, con una señal apenas perceptible, indicó a las otras chicas que se retiraran. Cuando estuvie