Mundo ficciónIniciar sesiónNunca había dormido tranquila cerca de un hombre.
Hasta esa noche.
No supo exactamente en qué momento ocurrió. Hubo un instante, en algún lugar entre la medianoche y las dos de la madrugada, en que su cuerpo dejó de estar en guardia. En que sus hombros se aflojaron contra la almohada, en que su respiración encontró un ritmo que no tenía nada que ver con la vigilancia ni con el miedo. La habitación que Cael le había asignado era grande, silenciosa, con las cortinas apenas entreabiertos para dejar pasar el rumor lejano de la ciudad, y Nyra había pasado la primera hora mirando el techo con los ojos muy abiertos, catalogando cada sonido del apartamento como si fuera un animal que aprende los peligros de su nueva jaula.
Pero la jaula era demasiado cómoda. Y el silencio, demasiado honesto.
Se levantó sin saber muy bien por qué. Sus pies descalzos encontraron el suelo frío del pasillo, y ella avanzó hacia la cocina guiada por una sed que era más pretexto que necesidad. La luz sobre la encimera estaba encendida, proyectando un resplandor ambarino sobre las superficies de acero, y fue entonces cuando lo vio.
Cael estaba de pie frente al ventanal que daba a los tejados de la ciudad, con un vaso de agua en la mano y la mirada perdida en algún punto que no existía en el horizonte visible. Llevaba una camiseta oscura y el cabello ligeramente revuelto, como si él también hubiera estado despierto mucho antes de que ella apareciera. Había algo en esa imagen, en la quietud de sus hombros y en la forma en que sostenía el vaso con una mano que no parecía completamente presente, que hacía que Cael Virek pareciera, por primera vez desde que lo conocía, simplemente un hombre.
No el hombre frío de los rumores. No el hombre del contrato. Solo un hombre que no podía dormir.
—¿Siempre merondeas de noche? —preguntó él sin voltearse, con esa voz baja que Nyra había aprendido a reconocer como su tono de reposo, el que usaba cuando no estaba construyendo distancia deliberadamente.
—Tenía sed.
—El agua está donde siempre ha estado.
—No sé dónde ha estado siempre. Llevo menos de veinticuatro horas aquí.
Hubo una pausa. Cael se volvió apenas, lo suficiente para mirarla de reojo, y en su expresión había algo que podría haber sido una concesión mínima, casi imperceptible. Señaló el segundo cajón bajo la encimera de la izquierda, y Nyra encontró los vasos exactamente donde él indicó.
Bebió de pie, con la espalda apoyada contra el mármol frío, mirándolo sin disimulo porque la oscuridad y la hora le concedían esa clase de licencias. La ciudad parpadeaba detrás del cristal, indiferente y hermosa, y el silencio entre ellos no era incómodo. Era, notó ella con una extrañeza que no supo dónde colocar, curiosamente habitable.
—¿No duermes? —preguntó ella.
—Duermo poco.
—¿Por qué?
—Por costumbre.
Nyra consideró esa respuesta durante un momento, girando el vaso entre sus dedos. Había algo en la forma en que Cael respondía a sus preguntas, siempre con la cantidad exacta de palabras necesarias y ni una más, que en otro contexto le habría parecido hostil. Pero en la penumbra de aquella cocina, a esa hora en que las personas bajan las armas porque no tienen energía para sostenerlas, le parecía simplemente honesto.
—¿Alguna vez quisiste enamorarte? —preguntó ella, y no supo de dónde había salido la pregunta, si de la oscuridad o del cansancio o de algún lugar dentro de ella que llevaba demasiado tiempo callado.
Cael no respondió de inmediato. Bebió un sorbo de agua, lentamente, con los ojos todavía fijos en la ciudad.
—No —dijo al fin.
Nyra esperó. Algo en su silencio, en la forma en que él no se movió para cerrar la conversación, le indicó que había más.
—Las personas esperan demasiado del amor —añadió Cael, con una voz que no tenía inflexión, que sonaba como alguien que enuncia un hecho comprobado y no una opinión—. Lo convierten en la respuesta a preguntas que deberían resolver solas.
—O en una salida —dijo Nyra en voz muy baja, casi para sí misma.
Cael la miró entonces. No de reojo, sino directamente, con esa atención completa que él dispensaba con tan poca frecuencia que resultaba desconcertante cuando ocurría.
—¿Es eso lo que buscabas? ¿Una salida?
—Sí —admitió ella, y la honestidad de su propia respuesta la sorprendió—. Pero no del tipo que la gente imagina. No huía de alguien. Huía de lo que iban a convertirme.
Cael no dijo nada. No ofreció consuelo, ni condena, ni ninguna de las reacciones que Nyra había aprendido a esperar de las personas cuando les contaba fragmentos de su historia. Simplemente la escuchó, con esa quietud suya que era lo más parecido a la aceptación que ella había encontrado en mucho tiempo.
Y eso, de alguna manera, fue peor que cualquier palabra.
Porque era más fácil mantener la distancia frente a un hombre que respondía. Era mucho más difícil mantenerla frente a uno que simplemente estaba.
Nyra dejó el vaso en la encimera y murmuró algo sobre intentar dormir. Cael asintió mínimamente, ya con la mirada devuelta a la ciudad, y ella recorrió el pasillo de regreso a su habitación con la extraña sensación de haber dejado algo en aquella cocina que no iba a poder recuperar fácilmente.
Durmió. Profundamente, sin sobresaltos, como no había dormido en semanas.
Fue el sonido de su propio teléfono, vibrando sobre la mesita de noche con una insistencia que no admitía ignorancia, lo que la arrancó de ese sueño limpio a las nueve de la mañana. El número no estaba guardado, pero el prefijo era suficiente para que su estómago se contrajera antes de leer el mensaje.
*Sé que te casaste. Felicidades. Pero necesitamos hablar, Nyra. Tengo cosas que son tuyas. Y creo que tú tienes cosas que son mías.*
Adrien Solvar.
El nombre llegó a su mente con la misma sensación que una puerta que creías cerrada con llave y que alguien abre desde el otro lado. Su prometido. El hombre que su padre había elegido, el hombre de quien había huido, el hombre que, según todo lo que conocía de él, no aceptaba ninguna respuesta que no fuera la que esperaba escuchar.
Leyó el mensaje tres veces. Luego bajó el teléfono con una calma que no sentía, y cuando levantó la mirada hacia la puerta entreabierta de su habitación, encontró a Cael apoyado en el marco, con una taza de café en la mano y los ojos fijos en ella con una expresión que no había visto antes en su rostro.
No era la indiferencia calculada de los primeros días. No era la frialdad eficiente del hombre del contrato.
Cuando levanté la mirada, Cael ya no parecía indiferente.
Parecía molesto.







