Mundo de ficçãoIniciar sessão—No me interesas lo suficiente para casarme contigo.
Esa fue la primera respuesta de Cael.
Nyra no parpadeó. Llevaba toda la noche preparándose para el rechazo, ensayando mentalmente las distintas formas en que un hombre como Cael Virek podría destruirla con dos palabras, y sin embargo, escucharlas así, pronunciadas con aquella calma absoluta que era casi peor que la crueldad deliberada, hizo que algo en su interior se tensara como un hilo a punto de romperse.
—Lo sé —respondió ella.
El despacho privado de Cael era diferente a la sala de espera donde había pasado horas contando las grietas invisibles de su propia determinación. Aquí no había paredes grises ni frialdad calculada para intimidar visitantes. Aquí había libros, cientos de ellos, alineados con una precisión que hablaba de un hombre que necesitaba el orden para sobrevivir. Una sola lámpara de escritorio derramaba su luz sobre los papeles dispersos, y Cael estaba de pie junto a la ventana, con las manos dentro de los bolsillos y la ciudad brillando a sus espaldas como un telón de fondo diseñado para hacerle parecer aún más inalcanzable.
—Entonces, ¿por qué sigues aquí? —preguntó él, sin voltearse.
—Porque el rechazo era el paso uno —dijo Nyra—. El paso dos es convencerte.
Cael se giró lentamente. La miró de la misma manera en que debía de mirar los contratos más complicados de su carrera: buscando la trampa, el error oculto, la cláusula que convertía algo razonable en un desastre. Nyra sostuvo aquella mirada sin apartar los ojos, aunque por dentro sentía el pulso acelerado golpeándole en la garganta como si quisiera escapar.
—No hay nada que convencer —dijo él—. No necesito una esposa.
—Todos dicen que sí necesitas una. —Ella inclinó la cabeza ligeramente—. La condición del testamento de tu abuelo vence en cuatro meses. Sin una esposa registrada, pierdes la presidencia del consejo. Eso no es un rumor, Virek. Eso es información pública para quien sepa dónde buscarla.
El silencio que siguió fue denso, casi tangible, como si el aire del despacho hubiera decidido ponerse del lado de ninguno de los dos. Cael no respondió de inmediato, y en ese intervalo, Nyra estudió su rostro con la discreción que había aprendido a años de sobrevivir en una familia donde mostrar lo que uno observaba equivalía a mostrar una debilidad. Él era exactamente como lo describían: una mandíbula tallada con demasiada precisión, unos ojos de un gris que no prometía calidez, una expresión tan controlada que parecía casi irreal. Sin embargo, había algo en la forma en que apretó levemente la mandíbula al escucharla que le indicó a Nyra que había dado en el blanco.
—¿Quién eres tú para venir a proponerme un negocio? —preguntó él, y su voz descendió un tono, adquiriendo esa textura baja y peligrosa que Nyra ya había escuchado brevemente la noche anterior.
—Soy alguien que también necesita algo —respondió ella—. Y los mejores negocios son los que benefician a las dos partes.
—Eso es una respuesta de manual.
—Entonces te daré la respuesta real. —Nyra dio un paso hacia él, consciente de que estaba cruzando algún tipo de límite invisible, pero incapaz de retroceder ahora—. Mi padre anunció esta semana que seré prometida a Edren Voss. ¿Conoces ese nombre?
Algo cambió en la expresión de Cael. Solo un instante, casi imperceptible, pero Nyra lo captó.
—Conozco el nombre —dijo él.
—Entonces sabes lo que significa para mí. —Ella no bajó la voz, aunque le costó mantenerla firme—. No busco amor, Virek. No busco un compañero ni una historia bonita. Busco una salida legal, temporal y limpia de un futuro que mi familia ha decidido por mí sin consultarme. Tú me das eso. Yo te doy a ti lo que necesitas para cumplir con la condición de tu abuelo. Cuatro meses. Tal vez seis. Después, un divorcio sin complicaciones y cada uno sigue con su vida.
Cael la estudió durante un tiempo que se sintió más largo de lo que fue.
—¿Por qué yo? —preguntó finalmente—. Hay otros hombres en esta ciudad que podrían darte esa salida con menos... fricción.
Nyra esperaba esa pregunta. La había esperado desde antes de entrar al edificio, y sin embargo, cuando llegó el momento de responderla, la verdad salió sola, sin el barniz calculado con que había planeado cubrirla.
—Porque eres el único hombre que parece incapaz de querer controlarme.
Cael no respondió. No de inmediato. Algo cruzó por sus ojos, una sombra de algo que no era exactamente sorpresa pero que se le parecía lo suficiente, y Nyra comprendió que aquella respuesta había hecho lo que ningún argumento lógico habría conseguido: lo había descolocado.
Lo que siguió fue una negociación que duró casi dos horas, sentados en los extremos opuestos de una mesa de madera oscura, con un contrato que el abogado de Cael había comenzado a redactar en tiempo real mientras ellos debatían cada cláusula como si sus vidas dependieran de la precisión del lenguaje. Y en cierta forma, dependían. Nyra notó que Cael nunca respondía a las preguntas personales, que cada vez que ella rozaba el territorio de sus razones, él desviaba la conversación con una habilidad tan pulida que parecía un reflejo. Notó también que la observaba de una manera extraña cuando creía que ella no miraba, como si estuviera intentando descifrar algo que no terminaba de encajar.
Ella, por su parte, procuraba no fijarse en cómo la luz de la lámpara le marcaba el perfil. Procuraba, y no siempre lo conseguía.
Cuando el reloj sobre la repisa marcó las once y media de la noche, Cael firmó. Nyra firmó después, con una mano que no temblaba aunque por dentro sentía algo parecido al vértigo de quien acaba de saltar desde un lugar muy alto sin saber bien qué hay abajo.
El abogado recogió los papeles y salió discretamente. El silencio volvió a instalarse entre ellos, diferente ahora, cargado de algo nuevo y sin nombre.
Cael la miró desde el otro lado de la mesa.
—Solo hay una regla —dijo.
Nyra levantó los ojos hacia él.
—¿Cuál?
La expresión de Cael no cambió. Su voz tampoco. Fue exactamente esa calma lo que hizo que las palabras pesaran más de lo que deberían.
—No esperes afecto de mí.







