Mundo de ficçãoIniciar sessãoMe convertí en esposa antes de entender cómo ocurrió.
La ceremonia duró diecisiete minutos. Nyra lo sabía porque había contado cada uno de ellos mientras el funcionario leía en voz monótona las cláusulas legales que convertían su nombre en algo irrevocablemente ligado al de Cael Virek. No hubo flores. No hubo música. Solo las paredes grises de una oficina en el cuarto piso del registro civil del distrito, una ventana que daba a un estacionamiento, y la firma de dos personas que habían acordado no quererse.
—Puede firmar aquí —dijo el funcionario, señalando la línea con un bolígrafo que tenía mordida la tapa.
Nyra firmó sin dudar. Era lo único que había decidido con certeza en los últimos tres días: que si iba a hacerlo, lo haría sin vacilar.
Cael firmó después, con la misma caligrafía precisa y vertical que ella había visto en el contrato, y sin mirarla una sola vez.
*Así termina una vida*, pensó ella. *Y así empieza otra que tampoco elegí.*
El sol de la tarde los recibió afuera sin ningún tipo de consideración dramática. No había llovido, como correspondía a los días de quiebre. No había ni siquiera una nube que sugiriera el peso de lo que acababa de ocurrir. El cielo era de un azul ordinario y despiadado, y el tráfico de la ciudad continuaba con su indiferencia habitual mientras Nyra bajaba los escalones de piedra con una bolsa pequeña en la mano y el apellido de otro hombre recién adherido a su identidad.
El automóvil de Cael esperaba en la esquina. Su conductor, un hombre de mediana edad con la expresión entrenada de quien ha aprendido a no ver nada, abrió la puerta trasera sin que nadie se lo pidiera.
Cael hizo un gesto con la mano.
—Después de ti.
Nyra lo miró un instante. Era un gesto pequeño, casi mecánico, del tipo que los hombres bien educados hacen sin pensar. Pero algo en ese detalle, en esa cortesía sin afecto, le resultó más desconcertante que cualquier rudeza habría sido. Subió al automóvil sin responder.
El trayecto hacia el edificio Virek duró cuarenta minutos en el tráfico de la tarde, y en ese tiempo ninguno de los dos pronunció una sola palabra. Nyra miraba por la ventana los escaparates y los árboles y los peatones que cruzaban las calles con sus vidas intactas, y trataba de convencerse de que había tomado la decisión correcta. Que había cambiado un destino predecible por uno incierto, y que la incertidumbre, al menos, era suya.
Lo que no se había permitido admitir, hasta ese momento, era que los dos se parecían más de lo que esperaba.
El apartamento de Cael ocupaba el último piso del edificio, y era exactamente lo que ella había imaginado: amplio, silencioso, decorado con esa austeridad calculada que solo pueden permitirse las personas que no necesitan demostrar nada. Las paredes eran blancas, casi sin cuadros. Los muebles eran de líneas limpias y colores neutros. No había desorden, ni objetos personales visibles, ni nada que sugiriera que alguien vivía ahí con algún tipo de apego emocional hacia el lugar.
Era, pensó Nyra mientras dejaba su bolsa en el suelo del recibidor, el apartamento de alguien que tampoco había elegido quedarse.
—La habitación de invitados está al final del pasillo —dijo Cael, soltándose el primer botón del cuello de la camisa con ese gesto distraído que tienen los hombres cuando creen que nadie los observa—. El baño es compartido. Si necesitas algo, hay una lista de números en el cajón de la cocina.
—¿Una lista de números?
—Personal de servicio, médico, farmacia. —Hizo una pausa breve—. Los básicos.
*Los básicos.* Como si ella fuera un procedimiento administrativo que requería ciertos recursos operativos. Nyra sostuvo la mirada el tiempo suficiente para que él lo notara, y luego recogió su bolsa del suelo.
—Gracias —dijo, con una neutralidad que había tardado años en perfeccionar.
La habitación de invitados era más grande de lo que esperaba, con una cama de tamaño generoso y cortinas de lino crudo que filtraban la luz de la tarde en tonos cálidos. Sobre el escritorio había una jarra de agua y un vaso limpio. En el baño, jabón nuevo y toallas dobladas con una precisión que hablaba de alguien que pagaba muy bien a quien se encargaba de esos detalles.
Nyra se sentó en el borde de la cama y miró sus propias manos durante un momento largo.
*Hice lo correcto*, repitió en silencio. *Hice lo correcto.*
No estaba segura de creerlo todavía.
La cena esa noche fue otra demostración de esas pequeñas contradicciones que Nyra todavía no sabía cómo clasificar. Cael sirvió los platos con el orden silencioso de quien come solo con demasiada frecuencia, y le pasó el suyo antes de servirse el propio, sin comentarlo, sin hacer ningún gesto que invitara al agradecimiento. Simplemente lo hizo. Como abrir la puerta del automóvil. Como señalar la habitación. Como si la consideración fuera un hábito tan antiguo en él que ya no requería ninguna intención consciente.
*La amabilidad sin afecto es la forma más confusa de crueldad*, pensó ella, y luego se reprendió por ello. No era crueldad. Era solo un hombre ordenado viviendo sus rutinas con una persona nueva en el perímetro.
Comieron en silencio. No era un silencio incómodo, exactamente, sino uno de esos silencios que todavía no saben qué quieren ser.
El problema llegó más tarde, cuando la tubería del baño de la habitación de invitados decidió, con un sentido del humor que Nyra no supo apreciar, dejar de funcionar completamente. El fontanero llegaría al día siguiente. Las alternativas eran usar el baño de servicio, al otro extremo del apartamento, o aceptar lo que Cael ofreció con la misma inexpresividad con que ofrecía todo:
—Mi habitación tiene otro baño. Puedes usar ese esta noche.
—No es necesario, puedo ir al de servicio.
—El de servicio no tiene agua caliente.
Nyra abrió la boca para responder algo, y luego la cerró. Cael ya había dado media vuelta hacia el pasillo.
Y así fue como Nyra Solen, que llevaba menos de doce horas casada, terminó durmiendo en la misma habitación que su esposo por contrato, separada de él por un metro y medio de colchón frío y un acuerdo que ninguno de los dos había redactado para esta situación.
El silencio era diferente ahí. Más denso. Más consciente de sí mismo.
Nyra cerró los ojos y esperó el sueño con la disciplina de quien sabe que el descanso no llega cuando se lo ruega, sino cuando uno deja de pelearse con él.
No supo cuánto tiempo pasó.
Solo supo que cuando la pesadilla llegó, con esa violencia silenciosa que tienen los sueños que regresan demasiado seguido, ella despertó de golpe con el corazón desbocado y los dedos aferrados a la sábana.
Y entonces lo vio.
Cael estaba sentado en el sillón junto a la ventana, completamente despierto, mirándola. No con la expresión de alguien a quien el ruido había interrumpido el sueño. No con incomodidad, ni con la distancia calculada que usaba durante el día.
La miraba con algo que Nyra no supo nombrar de inmediato, algo que se parecía demasiado a la preocupación, y que era, precisamente por eso, lo más peligroso que había visto en mucho tiempo.







