Mundo de ficçãoIniciar sessãoPensé que me rechazaría. No imaginé que me dejaría esperando hasta medianoche solo para humillarme.
La sala de espera del edificio Virek era exactamente lo que Nyra había anticipado: fría, impecable, diseñada para recordarle a cualquier visitante su propia insignificancia. Las paredes eran de un gris pizarra que absorbía la luz en lugar de reflejarla, y los sillones de cuero negro estaban dispuestos con una precisión quirúrgica que desalentaba cualquier impulso de comodidad. No había revistas. No había música. Solo el zumbido casi imperceptible del sistema de climatización y el sonido de sus propios pensamientos, que llevaban horas dando vueltas sobre sí mismos como animales enjaulados.
Nyra revisó su reloj por decimocuarta vez desde que había llegado. Las once y cuarenta y siete minutos de la noche. Afuera, la ciudad seguía moviéndose con esa indiferencia brutal que tienen las ciudades grandes, sin saber ni importarle que una mujer de veintidós años estaba desmoronándose en silencio detrás de un cristal de doce pisos de altura.
El recepcionista —un hombre joven de expresión entrenada para no expresar nada— había dejado de mirarla con disimulo después de la tercera hora. Ahora simplemente fingía que ella no existía, lo cual, pensó Nyra, era probablemente una política de la empresa.
*Debería irme*, se dijo. *Debería levantarme, recoger mi bolso y marcharme antes de que llegue.*
No se movió.
Porque irse significaba regresar a la casa de su padre. Y regresar a la casa de su padre significaba aceptar el nombre de Aldren Coss pegado al suyo para el resto de su vida.
Cerró los ojos durante un momento, y en ese momento preciso se abrieron las puertas del ascensor.
Cael Virek no entró en la sala. Apareció en ella. Había una diferencia, y Nyra la sintió en algún lugar entre la garganta y el pecho antes de que su cerebro terminara de procesarlo. Era alto de una manera que no buscaba imponerse, sino que simplemente era, como si su cuerpo hubiera sido construido sin consultar las expectativas de nadie. Llevaba una chaqueta oscura sin corbata, y en su mano sostenía un teléfono que dejó de mirar cuando sus ojos recorrieron la sala con la misma expresión con la que se escanea un documento: buscando información, sin interés particular en encontrar nada agradable.
Sus ojos se detuvieron en ella.
No había calidez en ese gesto. Tampoco había hostilidad. Había simplemente una evaluación, rápida y casi clínica, como si Nyra fuera un dato más que procesar antes de pasar al siguiente.
Eso, de alguna manera, fue peor que cualquier crueldad que hubiera podido anticipar.
—¿Viniste a pedir ayuda —dijo, con una voz que no subió ni bajó, que no fue pregunta ni afirmación, solo palabras— o a desperdiciar mi tiempo?
Nyra se puso de pie. Lo hizo despacio, deliberadamente, negándose a permitir que la precipitación la traicionara.
—Llevo cuatro horas esperando —respondió—. Si quisiera desperdiciar el tiempo de alguien, habría elegido a alguien cuyo tiempo me importara menos.
Algo cruzó por el rostro de Cael Virek. No fue una sonrisa. Fue la sombra de la posibilidad de una sonrisa, tan breve que Nyra casi creyó haberla inventado.
—Sígueme —dijo, y ya estaba caminando hacia su despacho sin verificar que ella lo siguiera.
El despacho era más habitable que la sala de espera, aunque no por razones de calidez. Había libros, al menos, ordenados en estanterías que cubrían dos paredes enteras, y un escritorio de madera oscura sobre el que descansaban tres monitores apagados. La única luz encendida era una lámpara de pie en el rincón, que proyectaba un círculo amarillo sobre el suelo y dejaba el resto de la habitación en una penumbra que hacía todo más íntimo de lo que Nyra habría preferido.
Cael rodeó el escritorio sin sentarse. Se quedó de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados sobre el pecho y la ciudad iluminada detrás de él como un escenario construido específicamente para hacerlo parecer más inalcanzable.
—Tienes cinco minutos —dijo—. Habla.
Nyra pensó en todas las versiones de este discurso que había ensayado durante las cuatro horas de espera. Las había descartado una por una a medida que las palabras se volvían más torpes, más desesperadas, más parecidas a lo que eran: una súplica disfrazada de propuesta.
Decidió, entonces, no disfrazar nada.
—Mi padre quiere casarme con Aldren Coss —comenzó, y vio que el nombre no producía ninguna reacción visible en el hombre frente a ella, lo cual significaba que lo conocía y que había elegido no reaccionar—. Tengo hasta el viernes para aceptar o para encontrar una alternativa que haga que ese acuerdo resulte menos conveniente para él.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?
—Nada, todavía.
Cael la miró. No con interés, exactamente, sino con la atención particular de alguien que ha detectado una variable inesperada en un cálculo que creía terminado.
—Sé lo que eres —continuó Nyra, y se obligó a mantener la voz quieta, sin temblar, sin delatarla—. Sé que tu familia lleva dos años presionándote para que te cases. Sé que los rumores sobre tus razones para no hacerlo te están costando contratos. —Hizo una pausa de exactamente el largo necesario—. Y sé que ninguna de las mujeres que te han presentado ha durado más de una reunión en tu presencia.
El silencio que siguió a esas palabras tenía peso. Nyra lo sintió posarse sobre sus hombros como algo físico.
—Qué extraordinaria cantidad de información para alguien que necesita un favor —dijo Cael, sin inflexión, sin enojo.
—No vine a pedir un favor. Vine a ofrecer un acuerdo.
—Los acuerdos se hacen entre partes con algo que ofrecer.
—Yo tengo algo que ofrecer —respondió Nyra, y en su voz había algo que no era exactamente orgullo, sino la forma que toma el orgullo cuando ha sido empujado hasta su límite y ha decidido no ceder—. Tengo un apellido que a tu familia le interesa. Tengo la disposición de firmar cualquier acuerdo prenuptial que tus abogados redacten. Y tengo la absoluta certeza de que no me enamoraré de ti, lo cual, según entiendo, es exactamente lo que buscas.
Cael no respondió de inmediato.
Se quedó quieto junto a la ventana, con la luz de la ciudad dibujando sombras irregulares sobre su rostro, y Nyra tuvo la extraña sensación de estar observando a alguien que estaba haciendo un cálculo que ella no podía ver.
—Necesito un esposo —dijo finalmente, y las palabras cayeron al suelo entre los dos como algo irreversible—. Temporal. Con condiciones. Sin consecuencias.
El silencio que siguió duró exactamente tres segundos.
Luego Cael Virek levantó los ojos por primera vez hacia ella, y en ellos había algo que no era indiferencia, aunque tampoco era exactamente su opuesto.
—¿Acabas de proponerme matrimonio?







