LA ESPOSA QUE COMPRÓ SU LIBETAD

LA ESPOSA QUE COMPRÓ SU LIBETADES

Romance
Última actualización: 2026-05-07
J DORAN.  En proceso
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Resumen
Índice

Nyra Solen siempre creyó que el amor era un lujo reservado para otras mujeres. Por eso, cuando su familia decide con quién deberá casarse, acepta una verdad que ha conocido toda la vida: su futuro nunca le ha pertenecido. Hasta que rompe las reglas. Desesperada por escapar del hombre elegido para ella, toma una decisión absurda, impulsiva y casi humillante: pedirle matrimonio a Cael Virek, un hombre frío, reservado y conocido por mantener distancia incluso con quienes intentan acercarse. El acuerdo parece sencillo. Un matrimonio temporal. Sin sentimientos. Sin promesas. Sin expectativas. Solo libertad a cambio de compañía. Pero compartir una vida con alguien que aprende tus silencios termina siendo más peligroso que cualquier obligación. Porque Cael protege demasiado para alguien indiferente. Y Nyra comienza a sentirse segura con un hombre que jamás ofreció amor. Mientras el pasado insiste en reclamarla y los límites entre costumbre, necesidad y deseo empiezan a romperse, ambos descubrirán que algunas personas llegan para salvarte… justo cuando aprendiste a sobrevivir sola. Hay acuerdos que terminan. Hay heridas que cicatrizan. Y hay amores que aparecen cuando ya no queda nada dentro dispuesto a creer en ellos.

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Capítulo 1

1

—No pienso casarme con él.

Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera detenerlas, suspendidas en el aire del comedor como una declaración de guerra. El silencio que siguió fue de ese tipo particular que precede a los terremotos, denso y quieto y lleno de promesas terribles.

Su padre dejó la copa sobre la mesa. El sonido del cristal contra la madera fue suave, casi delicado, lo cual resultaba más amenazante que cualquier golpe.

—No estaba pidiéndote permiso.

Nyra mantuvo la espalda recta. Era lo único que podía controlar en ese momento, la postura, la línea de su columna vertebral, la distancia calculada entre su barbilla y el suelo. Había aprendido desde niña que llorar solo servía para perder más.

El comedor de la familia Solen era una habitación diseñada para impresionar a los invitados y aplastar a sus propios habitantes. Las paredes de madera oscura absorbían la luz de los candelabros de bronce, y el retrato del abuelo presidía la cabecera de la mesa desde hacía cuarenta años con la misma expresión de desaprobación helada que su padre había heredado con notable fidelidad. Tres generaciones de mujeres Solen habían comido en silencio bajo esa mirada pintada. Nyra lo sabía. Lo había contado.

—Adrien Voss es un hombre excelente —continuó su padre, Dario Solen, ajustándose el anillo del dedo meñique con ese gesto suyo de quien ordena el universo—. Tiene apellido, tiene patrimonio y tiene la discreción suficiente para no hacer preguntas que no le corresponden. ¿Qué más podrías necesitar?

—¿Qué más? —repitió ella, y su voz salió más quieta de lo que pretendía, más peligrosa—. No sé, padre. Quizás la mínima ilusión de que mi opinión importa en alguna decisión que me concierne exclusivamente a mí.

Su madre, Renata, desvió la mirada hacia el arreglo floral del centro de la mesa, como si de pronto los lirios blancos requirieran de toda su atención. Siempre lo hacía. Siempre encontraba algo hermoso en qué perderse cuando la conversación se volvía incómoda.

—Las mujeres como tú necesitan seguridad, no elecciones —dijo su padre, y la frase cayó sobre Nyra con el peso específico de algo que llevaba años siendo pensado y nunca dicho en voz alta.

*Las mujeres como tú.*

Como si ella fuera una categoría. Como si hubiera un manual para administrarla.

Algo se quebró dentro de ella, un hilo tenso que había sostenido durante demasiado tiempo, aunque su rostro no lo reflejó. Nyra Solen había perfeccionado desde los doce años el arte de parecer indiferente mientras ardía por dentro. Era, quizás, el único talento que su familia le había enseñado con verdadera eficiencia.

—Adrien vendrá el próximo mes —agregó su padre, cerrando el tema con la misma naturalidad con que uno cierra una ventana—. Habrá una cena de presentación formal, aunque ya conoces al hombre. Os habéis visto en suficientes ocasiones sociales. No hay razón para que esto sea complicado.

—Claro —dijo Nyra.

Y no añadió nada más.

Esa fue su primera derrota de la noche.

---

Las horas siguientes transcurrieron con esa lentitud peculiar de los momentos en que uno sabe que algo ha cambiado para siempre pero todavía no entiende exactamente cómo. Nyra subió a su habitación antes del postre, con la excusa de un dolor de cabeza que no era del todo mentira. Se sentó en el alféizar de la ventana con las rodillas contra el pecho, mirando los jardines iluminados por las lámparas del camino de grava, y pensó en Adrien Voss.

No era un hombre terrible. Eso era, quizás, lo más desesperante del asunto. Era correcto y educado y guapo de esa manera uniforme que no despierta ningún sentimiento particular. La miraba como se mira un cuadro adquirido para completar una colección, con satisfacción estética y ningún calor real. Y ella sabía, con una certeza que se le instalaba en el pecho como piedra fría, que pasaría el resto de su vida siendo administrada, supervisada, decorada y exhibida.

Libre, nunca.

Fue entonces cuando escuchó las voces.

Se filtraban desde el despacho de su padre, situado justo debajo de su ventana, a través de la rendija que los cristales viejos nunca cerraban del todo. La voz de su padre, grave y satisfecha. La de un hombre que Nyra no reconoció de inmediato, más joven, más urgente.

—...el plazo que acordaron con Voss no es el que pensabas. Quieren que sea antes del otoño. Él tiene compromisos en el extranjero a partir de noviembre y prefiere que todo esté resuelto antes de partir.

Hubo una pausa.

—¿Cuánto antes? —preguntó su padre.

—Finales de agosto, como máximo.

Nyra contó mentalmente. Quedaban menos de tres meses.

Tres meses.

Se apartó del alféizar con movimientos lentos, como alguien que acaba de recibir un diagnóstico y todavía no ha procesado del todo su gravedad. Caminó hasta el espejo del armario y se miró durante un momento largo, buscando en su propio reflejo alguna respuesta que no encontró. Sus ojos oscuros le devolvieron la misma pregunta de siempre: *¿y ahora qué?*

Siempre había habido una salida teórica. Siempre se había dicho que llegado el momento encontraría la manera, que no era tan distinta de las mujeres que habían elegido sus propios caminos, que su padre eventualmente cedería si ella presionaba con suficiente inteligencia y paciencia. Pero tres meses no eran suficientes para ninguna estrategia razonable.

Lo que necesitaba no era una estrategia razonable.

Lo que necesitaba era algo completamente irracional.

Se sentó en el borde de la cama y permaneció así durante mucho tiempo, con las manos unidas sobre su regazo y el pensamiento girando en una dirección que nunca antes había tomado. Cuando la idea tomó forma completa, la rechazó de inmediato. Luego la volvió a considerar. Luego intentó encontrar cualquier otra alternativa y no encontró ninguna.

El nombre llegó a su mente como llegan las cosas inevitables: sin aviso y sin permiso.

Cael Virek.

Se levantó antes de poder convencerse de lo contrario, abrió la puerta de su habitación y bajó las escaleras en silencio, buscando al único sirviente que quedaba de guardia a esa hora. Lo encontró en el vestíbulo, ordenando los paragüeros con la paciencia de quien no tiene otra cosa en que pensar.

—Necesito hablar con Cael Virek —dije.

El sirviente me miró como si acabara de pedir audiencia con el diablo.

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