50. La caída de la falsa Reina
La imponente silla del CEO en el piso noventa y nueve solía sentirse como un trono dorado para Elena Wenceslas. Sin embargo, aquella mañana, el lujoso cuero del asiento se sentía como una hilera de agujas al rojo vivo clavándose en su espalda.
Elena se aferraba al borde del escritorio de ébano que tenía delante con tanta fuerza que sus uñas, adornadas con la manicura francesa, se habían vuelto de un blanco pálido. Su respiración era rápida y agitada. Sus ojos, que normalmente irradiaban una arr