Mundo ficciónIniciar sesiónDesperté con el cuerpo entumecido, no por el ejercicio de la madrugada anterior, sino por la rigidez de haber dormido en una cama que se sentía más como una exhibición de museo que como un lugar de descanso. Las fotos de la sesión de ayer ya estaban circulando en los portales de chismes; las vi en mi teléfono mientras tomaba mi primer café a solas. *"Alexander Vane y su inesperada prometida: ¿Amor real o el negocio del siglo?"*. Los comentarios eran atroces. La gente diseccionaba mi apariencia con la misma frialdad con la que Alexander desmenuzaba un balance financiero.
> —"Ella es... demasiado grande para él", decía un usuario anónimo. > —"Seguro tiene buen corazón", respondía otro con un sarcasmo que goteaba veneno puro. > Cerré la pantalla de golpe. No iba a dejar que el mundo exterior me quitara lo único que me pertenecía: mi control sobre los sabores y mi dignidad. Alexander había prohibido terminantemente que me metiera en la cocina hoy porque sus socios más importantes vendrían por la noche. Pero Alexander no entendía que pedirle a un chef que no cocine es como pedirle a un músico que ignore el viento. Sin embargo, no fue su prohibición lo que transformó mi mañana en un infierno, sino la última herencia que su madre había dejado programada antes de ser expulsada. A las once de la mañana, la puerta de la suite se abrió sin previo aviso. Entró Solange, una entrenadora y asesora de imagen contratada por Victoria Vane. Era una mujer de fibra pura, rostro adusto y una agresividad pasiva que mutó en crueldad directa en cuanto me vio. Detrás de ella, dos asistentes cargaban básculas y cintas métricas. —A un lado —ordenó Solange a las sirvientas—. Victoria fue muy clara. Tenemos menos de una semana para hacer que este cuerpo sea presentable para la prensa. Me obligó a ponerme de pie frente al espejo de cuerpo entero. Con brusquedad, me arrebató un pequeño trozo de pan de masa madre que yo había subido discretamente de la cocina para desayunar y lo tiró directamente al cubo de la basura, aplastándolo con el tacón. —Mírate en el espejo, Emma —escupió Solange, tirando de la cinta métrica alrededor de mi cintura con una fuerza que me cortó la respiración—. Ningún vestido de alta costura podrá esconder esa grasa si sigues devorando carbohidratos como un animal. Desde este segundo, entras en un régimen de ayuno y deshidratación controlada. Tienes prohibido comer hasta la gala. Me obligó a realizar una rutina de ejercicios extenuante en el gimnasio privado de la planta alta, ignorando mis advertencias de que no había desayunado. El castigo físico se extendió por horas. Mi cuerpo, acostumbrado al calor de los fogones y no a la tortura del agotamiento inducido, empezó a fallar. A la tercera hora de cardio intenso y reproches verbales sobre mi peso, sentí un frío súbito. Mi visión se nubló por completo, llenándose de estática negra. El hambre, el cansancio acumulado y la humillación sistemática hicieron que mis rodillas cedieran. Me tambaleé, perdiendo el control, lista para impactar contra el suelo. Pero antes de tocar el frío pavimento, unos brazos de acero me atraparon en el aire con una urgencia violenta. El impacto de mi cuerpo blando contra el pecho rígido de Alexander me devolvió un hilo de conciencia. Me sostuvo contra él, apretándome con una fuerza casi posesiva mientras yo jadeaba, aferrándome a sus hombros para no caer. Cuando levanté la vista, la expresión de Alexander no era fría; era aterradora. —¡¿Qué demonios crees que haces en mi casa?! —rugió Alexander, y su voz barítona hizo temblar los cristales del gimnasio. Miró a Solange con unos ojos tan oscuros y letales que la mujer retrocedió un paso, perdiendo toda su altivez, completamente aterrada por el instinto protector que acababa de despertar en el CEO. —Sr. Vane... su madre nos dio instrucciones de preparar a su esposa para los medios, ella necesita perder peso de inmediato si... —¡Lárgate de mi vista antes de que te destruya! —la interrumpió él, con una furia tan cruda que congeló la sangre de todos los presentes—. Si tú o mi madre vuelven a poner un pie en esta propiedad para tocar a Emma, me encargaré personalmente de que no vuelvan a trabajar en esta industria. ¡Fuera! Solange y sus asistentes recogieron sus cosas en un silencio sepulcral y escaparon de la mansión. Alexander me tomó en vilo, cargándome en sus brazos como si no pesara nada, ignorando mis débiles protestas, y me llevó de vuelta a la suite. Me depositó en la cama con una delicadeza que contrastaba brutalmente con el temperamento que acababa de mostrar. —Bernardo subirá un caldo y comida real de inmediato —dijo, con la respiración aún alterada, clavando sus ojos en los míos—. Y no me importa el contrato, Emma. No vas a volver a pasar por esto bajo mi techo. Pasado el mediodía, ya recuperada gracias a los cuidados de Bernardo, la terquedad volvió a mis venas. Bajé a la cocina. El servicio de catering ya estaba allí, moviéndose con una eficiencia robótica. Era una empresa famosa, liderada por el Chef Marcus, un hombre delgado, de mirada altiva, que trataba los ingredientes como si fueran piezas de plástico. Estaban preparando canapés de caviar y mini tostadas de salmón. Todo era visualmente perfecto, pero cuando pasé junto a la salsa que estaban reduciendo, mi paladar absoluto me dio la alarma: le faltaba alma. Estaba plana. —Disculpe, Chef Marcus —dije, tratando de ser diplomática—. A esa reducción de Oporto le vendría bien un toque de cardamomo y quizás un poco de ralladura de naranja para cortar la grasa del foie gras. Marcus me miró de arriba abajo, deteniéndose en mis caderas con una mueca de superioridad mal disimulada. —Señora Vane, supongo. El Sr. Vane nos contrató para que usted no tuviera que preocuparse por estas cosas. Limítese a lucir el vestido que le compraron; nosotros nos encargamos del paladar de los hombres que realmente importan en el mundo de los negocios. La sangre me hirvió. No era solo por el sutil insulto a mi peso; era el agravio directo a mi profesión. Me di la vuelta sin decir nada, pero mi mente ya estaba trazando una estrategia. Si Alexander quería una esposa decorativa, se la daría, pero el "decorado" tendría un sabor que ninguno de sus socios olvidaría jamás. A las siete de la tarde, la mansión bullía de actividad. Alexander entró en mi habitación sin llamar, una costumbre que empezaba a volverse una constante entre nosotros. Se había cambiado y vestía un traje gris marengo de tres piezas que hacía que sus ojos parecieran tormentas en alta mar. Me encontró frente al espejo, luchando por subir la cremallera de un vestido de seda en tono ocre. Era una tela delicada y costosa que se aferraba a mi piel, resaltando la pronunciada curva de mi busto y la redondez de mis muslos de una forma que me hacía sentir dolorosamente expuesta. El problema era que la seda no perdona los movimientos bruscos, y la cremallera se había atascado justo a mitad de mi espalda. —¿Necesitas ayuda o vas a pelear con ese pedazo de tela toda la noche? —preguntó su voz desde el umbral, enviando una vibración profunda que me erizó el vello de la nuca. —Puedo sola —respondí, aunque mis brazos ya dolían por el esfuerzo del día. Él no escuchó. Caminó hacia mí, acortando la distancia con esa zancada depredadora que lo caracterizaba. Se detuvo justo detrás de mí. El calor de su cuerpo me envolvió antes de que llegara a tocarme. Su reflejo en el espejo era el de un hombre que controlaba el mundo, pero cuyos ojos delataban una fijación absoluta en mi piel desnuda. Sus dedos, largos y cálidos, rozaron la base de mi espalda. Fue un contacto puramente eléctrico. Un escalofrío violento recorrió mi columna y el aire en la habitación se volvió denso, pesado, cargado de una sensualidad que me costaba respirar. —Quédate quieta —ordenó en un susurro áspero. Sus manos eran grandes, y al sostener los bordes de la seda para forzar la cremallera, sus nudillos rozaron mis costillas, delineando mi torso. Cerré los ojos, odiando la intensidad con la que mi cuerpo respondía a su cercanía después de haber visto su faceta protectora horas antes. Había una lucha de poder latiendo en ese silencio; lo detestaba por su mundo de plástico, pero mi piel buscaba la firmeza de su toque. Alexander no subió la cremallera de inmediato. Sus dedos se demoraron en la base de mi nuca, rozando la piel sensible donde se concentraba el calor. Su mirada en el reflejo era oscura, primitiva, casi hambrienta. —Eres una mujer increíblemente obstinada, Emma —dijo, y su aliento cálido batió contra mi oído—. Si pusieras la mitad de esa energía en ser complaciente en lugar de desafiarme cada vez que respiro, esto sería mucho más fácil para ambos. —Si yo fuera complaciente, Alexander, te aburrirías de mí en cinco minutos —respondí, girándome bruscamente sobre mis talones para enfrentarlo una vez que la cremallera estuvo en su sitio. Estábamos tan jodidamente cerca que mi pecho subía y bajaba rozando el suyo con cada respiración. Sus ojos bajaron instantáneamente a mis labios carnosos, y por un momento eterno, la tensión amenazó con romper el espacio. Era un deseo prohibido que se disfrazaba de hostilidad corporativa. —No te aburras tanto esta noche —dijo él, recuperando a la fuerza su máscara fría y dando un paso atrás—. Mis socios son hombres difíciles. No digas nada que no debas. La fiesta fue exactamente como la imaginé: hombres con relojes que costaban más que mi carrera universitaria y mujeres que parecían haber olvidado el sabor de la comida real hacía una década. Alexander se movía entre ellos como un tiburón en su pecera, elegante y letal. Yo cumplí mi papel. Sonreí, asentí y soporté las miradas de lástima de las esposas de los socios, quienes me miraban como si fuera una anomalía matemática en la vida de Alexander. Pero cuando el servicio de catering empezó a desilar con los canapés planos del Chef Marcus, vi mi oportunidad. Me escapé a la cocina sin que nadie lo notara. Marcus y su equipo estaban completamente ocupados con el montaje del plato principal. Aproveché un momento de distracción total para acercarme a la estación de postres, donde reposaban unas tartaletas de chocolate negro que visualmente eran perfectas pero carecían de contraste. Saqué de mi bolsillo un pequeño frasco que había preparado por la tarde en mi espacio privado: una infusión concentrada de pimienta rosa, sal marina de Maldon y un toque sutil de esencia de jazmín. Con la precisión de un cirujano, añadí una gota invisible a cada tartaleta justo antes de que los camareros las cargaran en las bandejas hacia el salón. Cuando regresé al gran salón, Alexander estaba conversando con el Sr. Moretti, su inversor más importante y un hombre respetado internacionalmente por tener el paladar más exigente de la alta sociedad. Moretti, atraído por el brillo del postre, tomó una de las tartaletas alteradas. Alexander lo observaba de reojo, impasible. Moretti mordió el chocolate. Se detuvo en seco. Sus ojos se abrieron de par en par, dejando de lado su habitual expresión aburrida. —¿Pero qué es esto? —excló el viejo inversionista en voz alta. Alexander se tensó de inmediato, asumiendo que el catering de lujo había fallado. —Es chocolate amargo belga, Sr. Moretti, del servicio que... —No, no es solo chocolate —lo interrumpió el viejo, gesticulando con entusiasmo—. Esto es... un despertar absoluto. Hay pimienta, hay notas florales, hay una pizca de gloriosa rebeldía en este dulce. Vane, he comido en los mejores restaurantes de París y nunca había probado un postre que tuviera esta alma, esta complejidad. ¿Quién demonios hizo esto? Alexander giró la cabeza hacia mí. Yo sostenía mi copa de vino con una calma glacial, dándole un sorbo lento mientras lo observaba a través del cristal con una sonrisa de triunfo. Sus ojos se entrecerraron. Él sabía. Él sabía perfectamente que yo había desafiado su orden directa. —Fue mi esposa —dijo Alexander, y por primera vez en nuestro matrimonio, escuché un matiz de orgullo genuino en su voz, mezclado con una promesa de retribución—. Emma es una experta en... sorpresas culinarias. Moretti se acercó a mí con prisa y me tomó la mano, besándola con un respeto reverencial que nadie en esa sala me había mostrado hasta ese momento. —Señora Vane, su esposo tiene mucha suerte. Un hombre que tiene a alguien con este nivel de talento en casa, posee un tesoro que no se puede comprar con ninguna cantidad de acciones en la bolsa. Alexander se acercó por detrás y me tomó firmemente por la cintura, un gesto posesivo y dominante que marcó territorio de inmediato frente a sus socios. El calor de su mano atravesó la seda ocre del vestido, encendiendo exactamente la misma zona que sus nudillos habían rozado en el vestidor. —Moretti tiene toda la razón —susurró Alexander directamente en mi oído, su aliento caliente enviando oleadas de corriente por mi piel mientras los invitados se alejaban—. Tienes un talento descomunal, pequeña chef. Pero también tienes una desobediencia crónica que va a terminar costándote muy caro en esta casa. —¿Ah, sí? —respondí, girándome a medias dentro de su agarre para quedar cara a cara, desafiando la tormenta de sus ojos—. ¿Y cuál es el precio por darle un poco de sabor real a tu vida gris, Alexander? Él no respondió con palabras. Su agarre en mi cintura se intensificó, pegando mis caderas a su cuerpo con una fuerza que me hizo jadear, demostrándome que el hombre que me había salvado de caer en el gimnasio seguía allí, agazapado detrás del empresario. En medio de la fiesta, rodeados de la élite del país, solo existía el ritmo salvaje de nuestros corazones y ese amor-odio que empezaba a hervir a fuego lento. Alexander me miraba como si fuera el enigma más complejo y adictivo que jamás hubiera intentado descifrar. Y yo supe que la guerra de apariencias acababa de cambiar de rumbo. Esta noche, Alexander Vane no pensaría en fusiones ni en acciones. Soñaría con el sabor de mi pimienta, de mi jazmín y del fuego que amenazaba con consumirlo.






