capitulo 6

Desperté con el cuerpo entumecido, no por el ejercicio, sino por la rigidez de haber dormido en una cama que se sentía más como una exhibición de museo que como un lugar de descanso. Las fotos de la sesión de ayer ya estaban circulando en los portales de chismes; las vi mientras tomaba mi primer café. "Alexander Vane y su inesperada prometida: ¿Amor real o el negocio del siglo?". Los comentarios eran atroces. La gente diseccionaba mi apariencia con la misma frialdad con la que Alexander disecciona un balance financiero.

—"Ella es... grande para él", decía un usuario.

—"Seguro tiene buen corazón", respondía otro con un sarcasmo que goteaba veneno.

Cerré la pantalla. No iba a dejar que el mundo exterior me quitara lo único que me quedaba: mi control sobre los sabores.

Alexander había prohibido que me metiera en la cocina hoy porque sus "socios importantes" vendrían por la noche. Pero Alexander no entendía que pedirle a un chef que no cocine es como pedirle a un músico que no escuche el viento.

Bajé a la cocina pasado el mediodía. El servicio de catering ya estaba allí, moviéndose con una eficiencia robótica. Era una empresa famosa, liderada por un chef llamado Marcus, un hombre delgado, de mirada altiva, que trataba los ingredientes como si fueran piezas de plástico. Estaban preparando canapés de caviar y mini tostadas de salmón. Todo era visualmente perfecto, pero cuando pasé junto a la salsa que estaban reduciendo, supe que le faltaba alma. Estaba plana.

—Disculpe, Chef Marcus —dije, tratando de ser diplomática—. A esa reducción de Oporto le vendría bien un toque de cardamomo y quizás un poco de ralladura de naranja para cortar la grasa del foie.

Marcus me miró de arriba abajo, deteniéndose en mis caderas con una mueca de superioridad.

—Señora Vane, supongo. El Sr. Vane nos contrató para que no tuviera que preocuparse por estas cosas. Limítese a lucir el vestido que le compraron; nosotros nos encargamos del paladar de los hombres que realmente importan.

La sangre me hirvió. No era solo por el insulto a mi peso, era el insulto a mi profesión. Me di la vuelta sin decir nada, pero mi mente ya estaba trazando un plan. Si Alexander quería una esposa decorativa, se la daría, pero el "decorado" tendría un sabor que ninguno de ellos olvidaría jamás.

A las siete de la tarde, la mansión bullía de actividad. Alexander entró en mi habitación sin llamar, una costumbre que empezaba a irritarme. Se había cambiado y vestía un traje gris marengo que hacía que sus ojos parecieran tormentas en alta mar.

Me encontró frente al espejo, tratando de subir la cremallera de un vestido de seda color ocre. Era una tela delicada que se aferraba a mi piel, resaltando la curva de mi busto y la redondez de mis muslos. El problema es que la seda no perdona, y la cremallera se había atascado justo a mitad de mi espalda.

—¿Necesitas ayuda o vas a pelear con ese pedazo de tela toda la noche? —preguntó su voz, esa vibración profunda que siempre lograba erizarme el vello de la nuca.

—Puedo sola —respondí, aunque mis brazos ya dolían de tanto intentarlo.

Él no escuchó. Caminó hacia mí, acortando la distancia con esa zancada depredadora que lo caracterizaba. Se detuvo detrás de mí. El calor de su cuerpo me envolvió antes de que llegara a tocarme. Su reflejo en el espejo era el de un hombre que sabía exactamente el poder que ejercía sobre su entorno.

Sus dedos, largos y de uñas impecables, rozaron la piel de mi espalda. Fue un contacto eléctrico. Un escalofrío recorrió mi columna y juraría que el aire en la habitación se volvió más denso, cargado de una sensualidad que me costaba respirar.

—Quédate quieta —ordenó en un susurro.

Sus manos eran grandes, y al sostener los bordes del vestido para subir la cremallera, sus nudillos rozaron mis costillas. Cerré los ojos, odiando la forma en que mi cuerpo reaccionaba a él. Había un amor-odio palpitante en ese silencio; lo detestaba por su arrogancia, pero mi piel gritaba por su contacto.

Alexander no subió la cremallera de inmediato. Sus dedos se demoraron un segundo de más en la base de mi nuca, allí donde nacen los cabellos pelirrojos que tanto le gustaba criticar. Su mirada en el espejo era oscura, casi hambrienta.

—Eres una mujer obstinada, Emma —dijo, y su aliento rozó mi oído—. Si pusieras la mitad de esa energía en ser complaciente en lugar de desafiarme cada vez que respiro, esto sería mucho más fácil.

—Si yo fuera complaciente, Alexander, te aburrirías de mí en cinco minutos —respondí, girándome para enfrentarlo una vez que la cremallera estuvo en su sitio.

Estábamos tan cerca que mi pecho subía y bajaba rozando el suyo. Sus ojos bajaron a mis labios, y por un momento eterno, pensé que iba a besarme. La tensión era una cuerda tirante, un deseo prohibido que se disfrazaba de desprecio.

—No te aburras tanto esta noche —dijo él, recuperando su máscara fría y dando un paso atrás—. Mis socios son hombres difíciles. No digas nada que no debas.

La fiesta fue exactamente como la imaginé: hombres con relojes que costaban más que mi carrera y mujeres que parecían haber olvidado el sabor de los carbohidratos hace una década. Alexander se movía entre ellos como un tiburón en su pecera, elegante y letal.

Yo cumplí mi papel. Sonreí, asentí y soporté las miradas de lástima de las esposas de los socios. Pero cuando el servicio de catering empezó a servir los canapés, vi la oportunidad.

Me escapé a la cocina. Marcus y su equipo estaban ocupados con el plato principal. Aproveché un momento de distracción para acercarme a la estación de postres. Habían preparado unas tartaletas de chocolate negro que se veían aburridas.

Saqué de mi bolsillo un pequeño frasco que había preparado por la tarde: una infusión de pimienta rosa, sal marina de Maldon y un toque de esencia de jazmín. Con la precisión de un cirujano, añadí una gota invisible a cada tartaleta antes de que salieran al salón.

Cuando regresé, Alexander estaba hablando con el Sr. Moretti, su inversor más importante y un hombre conocido por tener el paladar más exigente de la ciudad. Moretti tomó una de las tartaletas. Alexander lo observaba, impasible.

Moretti mordió el chocolate. Se detuvo. Sus ojos se abrieron de par en par.

—¿Pero qué es esto? —exclamó Moretti.

Alexander se tensó, pensando que algo estaba mal.

—Es chocolate amargo, Sr. Moretti, del catering que...

—No, no es solo chocolate —lo interrumpió el viejo—. Es... es como un despertar. Hay pimienta, hay flores, hay una pizca de rebeldía en este dulce. Vane, he comido en los mejores restaurantes de París y nunca había probado algo que tuviera esta alma. ¿Quién hizo esto?

Alexander me miró. Yo sostenía mi copa de vino con una calma glacial, dándole un sorbo lento mientras lo observaba a través del cristal. Sus ojos se entrecerraron. Él sabía. Él sabía perfectamente que yo había metido las manos donde él me lo había prohibido.

—Fue mi esposa —dijo Alexander, y por primera vez, escuché un matiz de algo parecido al orgullo, mezclado con una furia contenida—. Emma es una experta en... sorpresas.

Moretti se acercó a mí y me tomó la mano, besándola con un respeto que nadie en esa sala me había mostrado hasta ese momento.

—Señora Vane, su esposo tiene mucha suerte. Un hombre que tiene a alguien con este talento en casa, tiene un tesoro que no se puede comprar con acciones.

Alexander se acercó y me tomó por la cintura, posesivo, marcando territorio frente a sus socios. El calor de su mano atravesaba la seda del vestido, recordándome la escena en el vestidor.

—Moretti tiene razón —susurró Alexander en mi oído, mientras los demás se alejaban—. Tienes talento. Pero también tienes una desobediencia que va a terminar costándote caro.

—¿Ah sí? —respondí, girándome en sus brazos para que estuviéramos cara a cara—. ¿Y cuál es el precio por darle un poco de sabor a tu vida gris, Alexander?

Él no respondió con palabras. Me apretó más contra él, y en ese momento, en medio de la fiesta, rodeados de gente poderosa, solo existía el latido de nuestros corazones y ese amor-odio que empezaba a hervir como una salsa a fuego lento.

Alexander me miraba como si fuera el plato más complejo que jamás hubiera intentado descifrar. Y yo... yo sabía que acababa de ganar la primera batalla. Porque esta noche, Alexander Vane no soñaría con contratos. Soñaría con el sabor de la pimienta y el jazmín.

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