La mañana siguiente al "incidente de la pimienta" —como lo llamé en mi mente— amaneció con una tensión tan densa que se podía cortar con un cuchillo de pan. Alexander no apareció en el desayuno, lo cual agradecí profundamente; no estaba lista para enfrentar esa mirada oscura que parecía querer devorarme y juzgarme al mismo tiempo tras el atrevido desafío que nos habíamos lanzado en el salón.
Sin embargo, el mundo exterior no me dio tregua. Mi teléfono vibró sobre la mesa de mármol de la suite.