La mañana siguiente al "incidente de la pimienta" —como lo llamé en mi mente— amaneció con una tensión que se podía cortar con un cuchillo de pan. Alexander no apareció en el desayuno, lo cual agradecí; no estaba lista para enfrentar esa mirada oscura que parecía querer devorarme y juzgarme al mismo tiempo.
Sin embargo, el mundo exterior no me dio tregua. Mi teléfono vibró sobre la mesa de mármol. Era un mensaje de mi madre. Sin un "buenos días", sin un "¿cómo estás?". Solo un link a un portal de prensa rosa y una frase: "Emma, por favor, haz un esfuerzo por no parecer una empleada doméstica al lado de Alexander. Nos dejas en ridículo".
Abrí el link. Era la foto de la sesión de ayer. Alexander se veía imponente, una pantera de ojos fríos. Y yo... yo me veía real. Pero en su mundo, "real" era sinónimo de defectuoso. Los comentarios en la parte inferior eran un campo de minas.
"¿Es su guardaespaldas o su esposa?"
"Vane debe tener un fetiche muy extraño o un contrato muy grande detrás".
Cerré los ojos y apreté el puente de mi nariz. La sensualidad de la noche anterior, ese momento cargado de electricidad en la cocina, se evaporó bajo el peso de la realidad. Alexander no me quería; Alexander me necesitaba para un negocio, y yo era la pieza del rompecabezas que no terminaba de encajar en el marco dorado.
Alrededor del mediodía, mientras intentaba concentrarme en un libro de técnicas de pastelería molecular, Bernardo anunció una visita.
—Señora, la madre del Sr. Vane, la Sra. Victoria, está en el salón.
El aire se escapó de mis pulmones. Victoria Vane era una leyenda en los círculos sociales. Una mujer que, según los rumores, había mantenido la empresa a flote tras la muerte de su esposo con una mano de hierro envuelta en un guante de seda de tres mil dólares.
Bajé las escaleras tratando de recordar cada lección de etiqueta que mis padres intentaron inculcarme sin éxito. Victoria estaba de pie frente a un cuadro de arte moderno, dándole la espalda a la escalera. Llevaba un conjunto de Chanel color perla y el cabello recogido en un moño tan tirante que me dolía solo de verlo.
—Así que tú eres la elegida —dijo sin girarse. Su voz era una campana de cristal: clara, fina y fría.
—Un placer, Sra. Vane. Soy Emma.
Ella se giró lentamente. Sus ojos, del mismo azul gélido que los de Alexander, me escanearon de arriba abajo. No hubo una pizca de calidez. Solo una evaluación silenciosa que terminó en una mueca de desaprobación.
—Alexander siempre ha sido un hombre de negocios, pero esta vez... —suspiró, sentándose en el sofá sin que yo se lo ofreciera—. Supongo que el beneficio económico para la fusión debe ser astronómico para compensar este... perfil.
—¿Mi perfil? —pregunté, sintiendo que la rabia empezaba a burbujear en mi pecho—. Si se refiere a que no peso cuarenta kilos y no tengo el apellido de una familia real, tiene razón. Pero tengo un título en gastronomía y un contrato que su hijo firmó por voluntad propia.
Victoria soltó una risita seca.
—Querida, Alexander no firma nada por voluntad propia que no sea por beneficio propio. No te equivoques. Eres una distracción estética que debemos corregir antes de la gala de la próxima semana. Es la presentación oficial ante los accionistas internacionales. No permitiré que te presentes así.
—¿Y cómo espera que me presente? —le pregunté, cruzando los brazos sobre mi pecho.
—Como una Vane. Hoy mismo vendrá un equipo de nutricionistas y entrenadores. Y, por supuesto, cambiaremos tu guardarropa. Ese vestido que llevas... es un insulto a la vista.
No tuve tiempo de responder porque la puerta principal se abrió con un golpe seco. Alexander entró, su presencia llenando el espacio instantáneamente. Se detuvo al ver a su madre. Su mandíbula se tensó, una señal que ya empezaba a reconocer como su estado de defensa por defecto.
—Madre. No sabía que vendrías.
—Alguien tiene que ocuparse de los detalles que tú ignoras, Alexander —dijo Victoria, levantándose—. Tu esposa necesita un cambio radical antes de la gala. He organizado todo.
Alexander me miró. Sus ojos recorrieron mi rostro, notando mis mejillas encendidas por la indignación y la humillación. Hubo un silencio denso, un amor-odio familiar que flotaba en el aire. Por un segundo, esperé que me defendiera. Pero Alexander era Alexander.
—Si mi madre cree que es necesario, Emma, lo harás —sentenció él, caminando hacia el bar para servirse un vaso de agua—. No podemos permitirnos un error en la gala.
Sentí como si me hubieran dado una bofetada. Miré a Alexander, buscando alguna grieta en su armadura, pero él evitaba mis ojos. Victoria sonrió con triunfo.
—Perfecto. Empezamos mañana. Nada de carbohidratos, nada de esas... "creaciones" tuyas en la cocina. Debes deshacerte de ese exceso de volumen.
—No soy un proyecto de remodelación, Alexander —dije, mi voz temblando de furia—. Soy una persona. Y si crees que voy a dejar de cocinar o de ser quien soy para que tus socios no se sientan incómodos, estás muy equivocado.
Me di la vuelta y subí las escaleras corriendo. No iba a dejar que me vieran llorar. Me encerré en mi habitación, pero la mansión era tan grande que mi soledad se sentía multiplicada por cien.
Pasé la tarde ignorando los toques en la puerta de los asistentes que Victoria había enviado. No abrí. Me negué a ser pesada, medida y juzgada como un pedazo de carne en una carnicería de lujo.
Alrededor de las dos de la mañana, el hambre y la inquietud me obligaron a bajar. Sabía que la cocina era mi único lugar seguro. Me moví en silencio, evitando las luces principales.
Para mi sorpresa, Alexander estaba allí.
Estaba sentado en la isla de la cocina, con la camisa abierta, trabajando en su laptop. Pero frente a él no había un informe. Había un plato con los restos de los croissants que yo había hecho días atrás. Estaba comiendo migajas secas con una concentración casi religiosa.
Me detuve en el umbral. La sensualidad de la escena me golpeó de frente: la luz tenue de la campana extractora iluminando sus hombros anchos, el contraste de su poder empresarial con el acto tan humano de buscar consuelo en la comida en medio de la noche.
—Están secos —dije suavemente.
Él se sobresaltó ligeramente, pero no cerró la laptop. Me miró, y por primera vez, vi cansancio en sus ojos. Un cansancio que no era de trabajo, sino de alma.
—Aun así, saben mejor que cualquier cosa que me hayan servido hoy —admitió, su voz ronca por el desuso.
Me acerqué y le quité el plato. Él no se quejó.
—No tienes que hacer lo que dijo mi madre —soltó de repente, sin mirarme.
—¿Ah no? Hace unas horas parecías estar muy de acuerdo con ella.
Alexander se levantó. El espacio en la cocina se redujo instantáneamente. Se acercó a mí hasta que pude sentir el calor de su piel y ese aroma que empezaba a perseguirme en mis sueños. Me tomó por la barbilla, obligándome a mirarlo. Sus dedos estaban fríos, pero su mirada era puro fuego.
—Dije que lo harías porque es lo que ella espera oír. Pero en esta casa, mando yo, Emma. No mi madre. No tus padres.
Sus dedos se deslizaron desde mi barbilla hacia mi cuello, deteniéndose en el punto donde mi pulso latía desbocado. Fue una caricia lenta, cargada de una intención que no supe descifrar. El amor-odio entre nosotros era como una cuerda tensa: si dábamos un paso más, se rompería.
—¿Por qué me defiendes ahora? —susurré, sintiendo que mis piernas flaqueaban.
—Porque odio que alguien más intente controlar lo que es mío —respondió él, su rostro bajando hasta que su nariz rozó la mía—. Y porque me muero de curiosidad por saber qué vas a cocinar mañana para demostrarles que están equivocados.
Se alejó antes de que yo pudiera responder, dejándome allí, con el corazón martilleando contra mis costillas y el sabor amargo de la soledad transformándose en algo dulce, peligroso y completamente adictivo.
Alexander Vane era un enigma. Un hombre que me humillaba en público y me reconocía en la oscuridad. Pero esa noche, mientras preparaba una masa para el día siguiente, supe que no iba a cambiar. No por él, ni por su madre. Iba a brillar tanto que les dolerían los ojos al mirarme.