Mundo ficciónIniciar sesión(Punto de Vista: Alexander)
El control es una droga. He pasado treinta y dos años perfeccionando la dosis. Mi vida es una sucesión de algoritmos, decisiones basadas en riesgos calculados y una ausencia total de ruido emocional. O lo era, hasta que Emma entró en esta casa. No es el tipo de mujer que suelo tolerar en mi entorno; mis amantes siempre han sido etéreas, silenciosas, perfectamente predecibles e intercambiables. Emma, en cambio, es presencia. Es una fuerza de la naturaleza que ocupa el espacio sin pedir perdón, armada con un olor a vainilla, una mirada desafiante y un cuerpo que parece diseñado por un enemigo para recordarme que soy un hombre antes que un CEO. Después de que mi madre se marchara de la cocina, echando pestes tras mi advertencia, el aire entre nosotros quedó cargado de una electricidad estática, densa y peligrosa. Me quedé de pie, observándola. Esperaba ver lágrimas, el típico colapso de alguien que acaba de ser despedazado verbalmente por Victoria Vane. Pero Emma no se rompió. Al contrario, pareció encenderse. Había estado preparando un risotto con azafrán y el aroma dorado, casi narcótico, flotaba entre los dos. En un acto de pura rebeldía, orgullo y una sensualidad inconsciente que me congeló en el sitio, Emma tomó una pequeña cuchara de madera, la llenó con el grano brillante y, acortando la distancia entre nuestros cuerpos con una audacia que no le conocía, la levantó directamente hacia mis labios. —Pruébalo, Alexander —me desafió, con la voz baja, firme, sosteniéndome la mirada con un fuego que me quemó las entrañas—. Prueba de lo que soy capaz antes de juzgarme. Rompe tu maldito ayuno de control. Mis prejuicios dictaban que debía apartar su mano, recordarle el contrato y marcharme a mi despacho. Pero mi cuerpo no obedeció a la razón. Me incliné hacia adelante y acepté el bocado. El sabor me golpeó como un impacto físico: era complejo, cálido, profundamente rico, una explosión de texturas que derribó en un segundo las defensas que tanto me había costado construir. Era real. Tenía alma. —Eres peligrosa, Emma —murmuré con la voz rota, atrapando su muñeca con fuerza para que no bajara la mano, obligándola a sentir la urgencia de mi propio pulso—. Estás intentando quemar todas mis reglas. Ella no retrocedió. Sus pupilas se dilataron y su respiración se volvió errática, atrapada entre mi agarre y la abrumadora cercanía de mi pecho. —El problema —gruñí, inclinándome hasta que mi boca quedó a un milímetro de la suya, sintiendo el calor magnético que emanaba de su piel—, es que me estoy volviendo adicto al fuego que intentas esconder. Me solté de ella abruptamente, furioso conmigo mismo por haber permitido esa grieta en mi armadura, y me encerré en mi estudio. Eran las tres de la mañana cuando el aroma del risotto y del estofado de cordero finalmente se disipó de los pasillos, pero no de mi memoria. Las cifras de la fusión con el Grupo Colón no cuadraban en mi cabeza; lo único que podía ver era la forma en que el vapor de la cocina había humedecido su piel, esa pequeña gota de sudor que recorría su cuello… y la forma en que me obligó a probar su mundo.*** La sesión de fotos: Una farsa necesaria
A las diez de la mañana, la planta baja de la mansión parecía un hormiguero. Fotógrafos, iluminadores y un estilista con un ego más grande que su historial de I*******m se movían por mi sala de estar.
—Alexander, querido, necesito que te relajes —dijo Julian, el estilista, mientras ajustaba los gemelos de mi camisa—. Pareces un bloque de granito. Y tu esposa... bueno, estamos trabajando en ella. Ella requiere... bastantes ajustes estructurales. —No la llames así —solté, con una frialdad letal que lo hizo retroceder tres pasos—. Llámala por su nombre. O mejor, cierra la boca. Me coloqué frente al ventanal, el lugar asignado para la primera foto. Quería terminar con esto. El mundo necesitaba ver a la pareja perfecta para que las acciones subieran. Las mentiras son el lubricante del capitalismo, y yo soy el mejor ejecutándolas. Entonces, ella bajó las escaleras. El tiempo, ese concepto lineal que tanto respeto, se dobló. Emma llevaba un vestido de terciopelo burdeos, ajustado al cuerpo, que caía hasta el suelo con una caída imponente. Sus hombros estaban completamente descubiertos, revelando una piel pálida, suave y generosa que contrastaba violentamente con su cabello pelirrojo, recogido en un moño elegante del que escapaban algunos mechones rebeldes. No se veía como la chica asustada del restaurante, ni como la víctima del veneno de mi madre. Se veía como una reina que acababa de heredar un reino que despreciaba profundamente. Se acercó a mí, y el aroma de su perfume —algo que olía a melocotón, especias y piel tibia— me inundó los sentidos. Julian corrió hacia ella, tratando de tirar de la tela para disimular la redondez de sus caderas, pero le hice una seña tajante para que se detuviera. Mi mano, actuando con una voluntad propia que me enfureció, se posó firmemente en la curva de su cintura. Fue como tocar un cable de alta tensión. Su piel estaba ardiendo bajo el terciopelo y sentí un respingo recorrer su cuerpo. Ella me miró con esos ojos color miel cargados de un amor-odio tan puro que casi pude saborearlo. —No me toques como si fuera tuya —susurró, tan bajo que solo yo pude oírla. —Frente a las cámaras, eres mía, Emma —respondí, apretando el agarre, pegando su cadera a mi cuerpo hasta que no quedó aire entre nosotros—. Es lo que dice el contrato que firmaste ayer. Sonríe. —El contrato no dice que tenga que disfrutarlo —siseó ella, aunque noté cómo sus pupilas se dilataban. Estaba tan cerca que podía sentir el latido de su corazón contra mi pecho, un ritmo frenético que delataba su nerviosismo... o el mismo deseo prohibido que me estaba destrozando los nervios.*** Bajo el flash
—¡Perfecto! —gritó el fotógrafo—. Alexander, inclínate hacia ella. Emma, pon tu mano en su pecho. Quiero ver posesión. Quiero ver deseo real. Emma dudó un segundo. Sus dedos, suaves y con ese sutil rastro de canela, se posaron sobre mi corbata. Luego, lentamente, bajaron hasta el primer botón de mi camisa, presionando el tejido. Su toque era ligero, una tortura refinada. Me incliné hacia su oído, rozando su mejilla con mis labios en un simulacro de beso que me hizo tensar cada músculo del cuerpo. Pude sentir el roce de sus pechos, amplios y suaves, aplastándose contra la dureza de mi pecho, exactamente como en el despacho. —Lo estás haciendo muy bien, pequeña chef —le susurré, mi voz saliendo más profunda y rota de lo que pretendía—. Casi parece que me odias un poco menos cuando hay luz artificial de por medio. —Te odio exactamente lo mismo, Alexander —respondió ella, inclinando la cabeza hacia atrás para mirarme fijamente a los ojos. Sus labios estaban pintados de un rojo intenso, carnosos, entreabiertos—. Pero me gusta ganar. Y voy a ganar este juego de apariencias mejor que tú. El fotógrafo capturó el momento. La imagen mostraría a un CEO devorando con la mirada a su esposa, y a una mujer entregada a su pasión. La realidad era una guerra de trincheras donde cada caricia era una herida de guerra. El prejuicio que sentía por ella, por su familia oportunista, por la forma en que me la impusieron, seguía allí, pero estaba siendo sepultado por una necesidad biológica y obsesiva que me asustaba. Quería besarla. No para la prensa. Quería besarla para silenciar esa boca que siempre tenía una respuesta lista, para averiguar si su piel sabía tan adictiva como el risotto que me había obligado a probar. Cuando la sesión terminó, me solté de ella como si su calor me hubiera quemado las manos. Los fotógrafos empezaron a recoger el equipo, comentando lo "increíble" que era nuestra química. Química. Qué palabra tan peligrosa para describir una mezcla de pólvora y gasolina. —Mañana saldrán las fotos —dije, recuperando mi distancia profesional mientras me ajustaba la chaqueta y enfriaba mi tono—. Habrá una cena con mis socios principales. Vendrán a casa. Quiero el mismo espectáculo, Emma. Ella se limpió una mancha imaginaria en el vestido, con los ojos fijos en el suelo, rompiendo el hechizo. Parecía cansada, como si sostener mi mirada y mi peso durante dos horas le hubiera drenado la energía. —¿Vendrán a comer? —preguntó. —No. Vendrán a beber y a hablar de negocios. El catering de lujo ya está contratado. No quiero que te metas en la cocina. Quédate en tu papel de "esposa". Emma levantó la vista. Su expresión se endureció por completo, y esa chispa de fuego indomable volvió a sus ojos. —Claro. No vaya a ser que tus socios descubran que tu esposa tiene un talento real más allá de rellenar un vestido —dijo con un sarcasmo que me escoció en la piel—. No te preocupes, Alexander. Seré el adorno perfecto. Silenciosa, gorda y decorativa. Es lo que siempre quisiste, ¿no? Se dio la vuelta y subió las escaleras con una dignidad arrolladora que me hizo sentir extrañamente pequeño en mi propia casa. Me quedé solo en la sala, con el eco de sus palabras y el rastro de su perfume en mis palmas. Me serví un whisky doble. Eran apenas las dos de la tarde. Miré el contrato sobre la mesa de centro y, por primera vez en mi vida, supe que había cometido un gravísimo error de cálculo. No porque Emma fuera un "trámite" insulso, sino porque Emma era un incendio forestal. Andábamos jugando con fuego, y yo, que siempre me había creído hecho de hielo, estaba empezando a derretirme.






