(Punto de Vista: Alexander)
El control es una droga. He pasado treinta y dos años perfeccionando la dosis. Mi vida es una sucesión de algoritmos, decisiones basadas en riesgos calculados y una ausencia total de ruido emocional. O lo era, hasta que Emma entró en esta casa con su olor a vainilla, su mirada desafiante y ese cuerpo que parece diseñado para recordarme que soy un hombre antes que un CEO.
Eran las tres de la mañana cuando el aroma del estofado finalmente se disipó de los pasillos, pero no de mi memoria. Me encontraba en mi estudio, rodeado de informes sobre la fusión con el Grupo Colón, pero las cifras no cuadraban en mi cabeza. Lo único que podía ver era la forma en que el vapor de la cocina había humedecido su piel, esa pequeña gota de sudor que recorría su cuello… y la forma en que ella me miraba, como si pudiera ver la basura que escondo tras mi traje de tres piezas.
Maldita sea.
Cerré la laptop con un golpe seco. Necesitaba dormir, pero mi cuerpo estaba en un estado de alerta que no reconocía. Era una sensualidad agresiva, una tensión que nacía del desprecio pero que se alimentaba de una química innegable. Emma no es el tipo de mujer que suelo tener en mi cama; mis amantes suelen ser etéreas, silenciosas y perfectamente intercambiables. Emma es... presencia. Es volumen. Es una fuerza de la naturaleza que ocupa el espacio sin pedir perdón.
La sesión de fotos: Una farsa necesaria
A las diez de la mañana, la planta baja de la mansión parecía un hormiguero. Fotógrafos, iluminadores y un estilista con un ego más grande que su historial de I*******m se movían por mi sala de estar.
—Alexander, querido, necesito que te relajes —dijo Julian, el estilista, mientras ajustaba los gemelos de mi camisa—. Pareces un bloque de granito. Y tu esposa... bueno, estamos trabajando en ella.
—No la llames así —solté, con una frialdad que lo hizo retroceder—. Llámala por su nombre. O mejor, no digas nada.
Me coloqué frente al ventanal, el lugar asignado para la primera foto. Quería terminar con esto. El mundo necesitaba ver a la pareja perfecta para que las acciones subieran. No me importaba que fuera una mentira; las mentiras son el lubricante del capitalismo.
Entonces, ella bajó las escaleras.
El tiempo, ese concepto lineal que tanto respeto, se dobló. Emma llevaba un vestido de terciopelo burdeos, ajustado al cuerpo, que caía hasta el suelo. Sus hombros estaban descubiertos, revelando una piel pálida y suave que contrastaba violentamente con su cabello pelirrojo, recogido en un moño elegante pero con algunos mechones rebeldes escapando.
No se veía como la chica asustada del restaurante. Se veía como una reina que acababa de heredar un reino que despreciaba.
Se acercó a mí, y el aroma de su perfume —algo que olía a melocotón y especias— me golpeó los sentidos. Julian corrió hacia ella, tratando de ajustar el escote, pero yo le hice una señal para que se detuviera. Mi mano, actuando con una voluntad propia, se posó en la cintura de Emma.
Fue como tocar un cable de alta tensión. Su piel estaba caliente bajo la tela, y sentí un respingo recorrer su cuerpo. Ella me miró, con esos ojos color miel cargados de un amor-odio tan puro que casi pude saborearlo.
—No me toques como si fuera tuya —susurró, tan bajo que solo yo pude oírla.
—Frente a las cámaras, eres mía, Emma —respondí, apretando ligeramente mi agarre, atrayéndola hacia mi cuerpo hasta que no quedó aire entre nosotros—. Es lo que dice el contrato. Sonríe.
—El contrato no dice que tenga que disfrutarlo —siseó ella, aunque noté cómo sus pupilas se dilataban. Estaba tan cerca que podía sentir el latido de su corazón contra mi pecho, un ritmo frenético que delataba su nerviosismo... o algo más.
Bajo el flash
—¡Perfecto! —gritó el fotógrafo—. Alexander, inclínate hacia ella. Emma, pon tu mano en su pecho. Quiero ver posesión. Quiero ver deseo.
Emma dudó. Sus dedos, suaves y con ese ligero olor a canela que parecía no abandonarla nunca, se posaron sobre mi corbata. Luego, lentamente, bajaron hasta el primer botón de mi camisa. Su toque era ligero, casi una tortura.
Me incliné hacia su oído, rozando su mejilla con mis labios en un simulacro de beso que me hizo tensar cada músculo del cuerpo.
—Lo estás haciendo muy bien, pequeña chef —le susurré. Mi voz salió más profunda de lo que pretendía—. Casi parece que me odias un poco menos cuando hay luz artificial de por medio.
—Te odio exactamente lo mismo, Alexander —respondió ella, inclinando la cabeza hacia atrás para mirarme a los ojos. Sus labios estaban pintados de un rojo intenso, carnosos y entreabiertos—. Pero me gusta ganar. Y voy a ganar este juego de apariencias mejor que tú.
El fotógrafo capturó el momento. La imagen mostraría a un CEO devorando con la mirada a su esposa, y a una mujer entregada a su pasión. La realidad era una guerra de trincheras donde cada caricia era una herida de guerra. El prejuicio que sentía por ella, por su familia, por la forma en que me la impusieron, seguía allí, pero estaba siendo sepultado por una necesidad biológica que me asustaba.
Quería besarla. No para la foto. Quería besarla para silenciar esa boca que siempre tenía una respuesta lista. Quería descubrir si su piel sabía tan bien como olía su cocina.
Cuando la sesión terminó, me solté de ella como si me hubiera quemado. Los fotógrafos empezaron a recoger el equipo, comentando lo "increíble" que era nuestra química. Química. Qué palabra tan peligrosa para describir una mezcla de pólvora y gasolina.
—Mañana saldrán las fotos —dije, recuperando mi distancia profesional mientras me ajustaba la chaqueta—. Habrá una cena con mis socios. Vendrán a casa. Quiero el mismo espectáculo, Emma.
Ella se limpió una mancha imaginaria en el vestido, con los ojos fijos en el suelo. Parecía cansada, como si sostener mi mirada durante dos horas le hubiera drenado la energía.
—¿Vendrán a comer? —preguntó.
—No. Vendrán a beber y a hablar de negocios. El catering está contratado. No quiero que te metas en la cocina. Quédate en tu papel de "esposa".
Emma levantó la vista. Su expresión se endureció, y esa chispa de fuego volvió a sus ojos.
—Claro. No vaya a ser que tus socios descubran que tu esposa tiene un talento real más allá de rellenar un vestido —dijo con un sarcasmo que me escoció en la piel—. No te preocupes, Alexander. Seré el adorno perfecto. Silenciosa, gorda y decorativa. Es lo que siempre quisiste, ¿no?
Se dio la vuelta y subió las escaleras con una dignidad que me hizo sentir pequeño en mi propia casa. Me quedé solo en la sala, con el eco de sus palabras y el rastro de su perfume en mis manos.
Me serví un whisky doble. Eran apenas las dos de la tarde. Miré el contrato sobre la mesa de centro y, por primera vez en mi vida, sentí que había cometido un error de cálculo. No porque Emma fuera un "trámite", sino porque Emma era un incendio.
Y yo, que siempre me había creído hecho de hielo, estaba empezando a derretirme.