El aire del local a las cuatro de la mañana tiene una densidad diferente. Sabe a frío, a polvo de obra y a la ansiedad metálica que precede a las grandes batallas. Me encontraba inclinada sobre la mesa de acero inoxidable, la única superficie que brillaba bajo la luz mortecina de una bombilla desnuda. Mis manos, marcadas por cortes casi invisibles y la aspereza del trabajo constante, sostenían el cronómetro. Faltaban cuarenta y ocho horas para la gran final del Concurso Nacional de Gastronomía,