La luz del local a medio terminar era cruda, casi agresiva, filtrándose por los cristales que aún conservaban las marcas de la cinta de carrocero. Me desperté sobre el colchón inflable que había instalado en el rincón de lo que pronto sería mi despacho, con el cuerpo molido por una fatiga que, paradójicamente, me hacía sentir más viva que cualquier noche de descanso en las sábanas de seda de la mansión Vane.
Allí, en el silencio de los techos altos y las paredes de ladrillo visto, no era la "