La mañana nació con un tinte grisáceo, de ese color que solo tienen las ciudades industriales antes de que el sol logre perforar el smog y la desidia. Me desperté antes de que el despertador diera su primer grito metálico, con la espalda pegada al colchón que había improvisado en la oficina de mi local. El frío del suelo de cemento parecía haberse filtrado por mis huesos, pero no me importaba. Ese frío era real. No era la calefacción centralizada y silenciosa de la mansión Vane, esa que te hací