El primer rayo de sol que se filtró por la ventana de mi nuevo local no era suave; era una línea afilada que cortaba el polvo en suspensión, recordándome que el tiempo de las lamentaciones se había agotado. Me desperté sobre un colchón inflable en lo que pronto sería mi oficina, con los músculos protestando por cada hora cargando cajas y moviendo estantes. Pero, por primera vez en meses, no sentía ese peso opresor en el pecho al abrir los ojos. La mansión Vane, con sus techos infinitos y su sil