.
Me senté a la mesa evitando mirar el lugar que ocupaba Alexander. El amor-odio que nos definía había mutado en algo más denso: una hostilidad herida. Me dolía que él supiera la verdad sobre mis padres y la hubiera aceptado como un costo operativo más. Para él, yo era una cifra; para mí, mi vida era una estafa.
Alexander entró en el comedor con la eficiencia mecánica de siempre. El traje gris marengo se ajustaba a sus hombros con una precisión que antes me habría dejado sin aliento, pero hoy s