El amanecer en la mansión Vane no trajo la claridad que esperaba, sino una neblina mental que me pesaba en los párpados. Tras el enfrentamiento en el gimnasio, el aire se sentía cargado, como si cada partícula de oxígeno estuviera esperando una chispa para estallar. Me miré al espejo del vestidor; las ojeras marcaban mi rostro, pero había una chispa de furia en mis ojos que no reconocía. Aquella Emma que agachaba la cabeza ante los prejuicios de la élite estaba muriendo, y la mujer que emergía