El despertador no tuvo que sonar. Llevaba media noche despierta, con el sabor del azafrán aún quemándome el recuerdo y la sensación de los dedos de Alexander en mi nuca grabada a fuego. Hoy era el día de la prueba final del vestido para la gala. En el mundo de los Vane, esto no era una simple cita con un sastre; era un examen de estado, una auditoría a mi cuerpo para asegurar que "encajara" en la narrativa de éxito que Alexander vendía al mercado.
Cuando bajé al salón, el equipo del sastre ya