El amanecer trajo consigo un silencio inusual. Solange, la implacable "especialista en transformación", se había marchado antes de que el sol terminara de despuntar, llevándose su báscula inteligente y sus tablas de calorías negativas. Bernardo me susurró, con una complicidad que ya era nuestra mejor arma, que el Sr. Vane personalmente había dado la orden de que la suite de invitados fuera desalojada.
Sentí una pequeña victoria, un calorcito en el pecho que no tenía nada que ver con el café.