Había imaginado mi boda muchas veces cuando era adolescente. En esos sueños, el aire olía a jazmines frescos y el hombre que me esperaba al final del pasillo me miraba como si yo fuera el ingrediente secreto que le faltaba a su vida. La realidad, sin embargo, olía a laca para el cabello, flores de plástico de alta gama y el perfume gélido de Victoria Vane, que vigilaba cada uno de mis movimientos en el camerino de la iglesia como si fuera una inspectora de sanidad.
—Mantén la espalda recta, Emm