Capítulo 27. Un beso de promesa.
El callejón trasero de la bolera olía peor que la bolera misma, lo cual era un logro arquitectónico impresionante.
Eris empujó la puerta de emergencia con la cadera y salió a la noche húmeda, seguida de cerca por Silas, quien todavía llevaba puestos los zapatos de bolos de alquiler.
—Ahí está mi bebé —dijo Eris, señalando una motocicleta aparcada entre dos contenedores de basura.
Silas miró el vehículo. No era una Ducati elegante ni una Harley clásica. Era una Honda de los años noventa que pare