Epílogo. El legado del caos.
Cinco años después
El sonido que despertó a Silas Hawk un domingo por la mañana no fue la alarma de la bolsa de Tokio, ni una llamada de emergencia de su abogado.
Fue el impacto agudo y traicionero de una pieza de Lego cuadrada clavándose en la planta de su pie descalzo.
—¡Maldición! —susurró Silas, saltando sobre un pie y reprimiendo una maldición mucho más fuerte por respeto a los oídos inocentes presentes en la habitación.
—Papi, dijiste una mala palabra —anunció una voz pequeña y acusadora