Capítulo 76. El mejor souvenir.

Las dos semanas siguientes pasaron como un suspiro, un borrón cálido de días dorados y noches estrelladas.

Silas y Eris aprendieron a hacer pasta desde cero con una nonna del pueblo, aunque los raviolis de Silas siempre salían cuadrados como ladrillos y los de Eris abstractos como nubes.

Bebieron suficiente vino Chianti como para llenar una piscina pequeña. Llenaron tres cuadernos de dibujo. Y, lo más importante, Silas cumplió su palabra: no miró el correo ni una sola vez. El teléfono siguió en
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