El amanecer llegó silencioso, filtrándose entre las cortinas con una luz dorada que acariciaba la habitación. El aire tenía esa calma posterior a la tormenta… una quietud íntima que aún conservaba el calor de la noche anterior.
Vega abrió los ojos lentamente.
Durante unos segundos no se movió. Su cuerpo estaba relajado, aunque una ligera molestia en su feminidad le recordó, con un rubor inmediato, la intensidad con la que se habían amado. No era dolor, era más bien una sensibilidad nueva, una