Judith cerró la puerta de su habitación con más fuerza de la necesaria. El eco seco resonó en la Casa Grande como un latido nervioso. Caminó de un lado a otro, pasándose las manos por el cabello, incapaz de quedarse quieta. Cada pensamiento la llevaba al mismo punto: Alonso.
Y después, inevitablemente, Vega.
Tomó el teléfono con dedos temblorosos. Dudó apenas un segundo antes de marcar.
—¿Hola? —respondió una voz femenina, somnolienta, era Caeli Clark —. ¿Judith? ¿Pasa algo?
—Necesito