El silencio en la habitación de Paola era espeso, casi asfixiante.
Las cortinas permanecían cerradas a pesar de que ya había amanecido. El olor a medicamentos y flores marchitas se mezclaba con una tristeza que parecía adherirse a las paredes. Paola yacía recostada, pálida, con los ojos enrojecidos y perdidos en un punto inexistente del techo.
Theodore estaba sentado a su lado.
Por primera vez en días, no gritaba. No exigía. No dominaba.
Le sostenía la mano con una rigidez contenida, como s