La nieve amortiguó el golpe, pero no el terror.
Vega rodó cuesta abajo sin poder gritar. El aire se le escapó de los pulmones en un gemido ahogado cuando su cuerpo dio la primera vuelta, luego la segunda, luego otra más. Todo fue blanco, frío y descontrol. La montaña no la recibió con piedad, pero tampoco con la brutalidad de la roca desnuda; la nieve espesa, acumulada por días, funcionó como una trampa blanda y traicionera que la envolvía, la empujaba, la giraba sin permitirle aferrarse a nada