Alonso llegó hasta ella con el corazón golpeándole las costillas.
Se quitó los esquíes casi sin darse cuenta, arrodillándose junto a la silueta que yacía semihundida en la nieve. El mundo dejó de existir durante un segundo eterno. Ya no había montaña, ni viento, ni silencio; solo ella.
—Vega… —dijo, con la voz grave quebrada por una grieta que no conocía.
Ella respiraba. El vapor se escapaba de sus labios en pequeñas nubes irregulares. Tenía el cabello cubierto de blanco, enredado, y una