Alonso se detuvo.
No fue un gesto brusco, sino una pausa deliberada, como si de pronto hubiera recordado el peso exacto de lo que estaba ocurriendo. Sus manos, que segundos antes habían sido decisión pura, quedaron quietas a cada lado del cuerpo de Vega. El silencio se volvió denso, cargado de una electricidad que parecía recorrer la cabaña entera.
Ella lo miró, expectante.
La luz de la chimenea dibujaba sombras doradas sobre su rostro, acentuando la seriedad de sus facciones, la tensión e