La noche no había terminado de irse cuando Vega despertó.
No fue un sobresalto, ni un mal sueño. Fue una sensación profunda, casi animal, como si su cuerpo todavía estuviera despierto aunque su mente hubiera intentado descansar. El silencio de la cabaña era espeso, interrumpido solo por el crepitar lejano de la chimenea y el viento que golpeaba la madera desde afuera, arrastrando la nieve como un susurro insistente.
Se incorporó despacio, cuidando no despertar a Alonso.
Él dormía de costado,