El vehículo avanzaba con una velocidad constante, casi desafiante, como si Theodore quisiera huir del mundo entero o demostrar que nada podía detenerlo. Vega permanecía encogida en el asiento trasero, con los brazos rodeando su propio cuerpo, sintiendo que cada kilómetro la alejaba un poco más de cualquier noción de seguridad.
El miedo ya no era un sobresalto: era un estado permanente.
De pronto, el automóvil frenó de golpe.
Vega fue lanzada hacia adelante, el cinturón clavándosele en el pecho,