El aire dentro de la oficina se había vuelto irrespirable. No era falta de oxígeno. Era la certeza de que, si se quedaba allí un minuto más, algo dentro de ella se rompería para siempre.
Vega levantó lentamente el rostro. La luz del mediodía se filtraba tímida por las cortinas pesadas, dibujando líneas doradas sobre el suelo. Todo parecía en calma… una calma mentirosa. El tipo de silencio que antecede a una tragedia.
—No —susurró—. No me voy a quedar aquí.
Se puso de pie con dificultad. Las